Subsaharianos

rescate subsahariano
Reuters, El País, 7 de febrero de 2006

Con una frecuencia enfermiza volvemos a tratar diariamente del largo camino de los subsaharianos en búsqueda de una vida mejor. La foto que figura a continuación arranca compasión y rabia por la injusticia mundial que abre cada día más la brecha de la existencia y convivencia entre los seres humanos. Es una mirada perdida que recibe el calor de un miembro de Cruz Roja, extendiéndole una mano que simboliza lo que podemos hacer todavía por mejorar la vida de los demás. Sobran las palabras. Quizá tengamos que acudir a la memoria de Augusto Monterroso para repetir a los cuatro vientos una idea que podría pasarnos por la cabeza ante tanta desgracia ajena:

Cuando he visto sus ojos y la expresión de su cara, la injusticia todavía estaba allí…

Sevilla, 7/II/06

Dar la cara

Seguimos el hilo conductor iniciado ayer. Hoy tiene un protagonismo especial Isabelle Dinoire, la mujer francesa a la que se practicó en el mes de noviembre de 2005 un trasplante de boca, nariz y mejillas. Hoy, ha manifestado en una rueda de prensa consentida –no robada-, que ahora “tras el accidente, que le dejó “destrozada”, la operación le ha devuelto la “valentía”. Hoy triunfa el ser humano, la inteligencia como manifestación y capacidad de solucionar problemas. Es una maravilla contemplar cómo la inteligencia al servicio de las personas hace posible que el ser humano sea y viva mejor, que la medicina se cubra de gloria a través de profesionales que trabajan a diario por dar salud en todas sus manifestaciones.

Y asegura que a partir de ahora tiene una cara como todo el mundo. ¡Cuantas sugerencias nacen con esta expresión! ¿Nos planteamos a diario qué importancia tiene la cara en la autoestima que permite ser persona en el mundo?.  La ciencia ayuda a dar la cara en el compromiso diario con la vida. Quizá es así hasta que la propia existencia nos parte la cara por el cansancio de vivir en un entorno que no es amable, es más, se jacta de ser despiadada con todo aquél que encuentra. Y nace la desesperación y la incapacidad para mirarnos a la cara…

Hemos crecido en el convencimiento de que la cara es el espejo del alma. Hoy, viendo a Isabelle en las fotos de agencia, he vislumbrado que tiene ya una nueva razón para vivir y “ser valiente”, tiene “alma”. Alguien, que perdió la vida, ha permitido que vuelva a dar la cara en la existencia que se la robó. Primero, porque no tenía ilusión ni ganas para seguir viviendo, como ha contado, por su intento de suicidio. En segundo lugar, porque su perro fiel la quiso despertar, en una tarea imposible que no habían conseguido sus próximos, ocasionándole daños que han sido reparables, a diferencia de otros daños humanos que siempre dejan huella indeleble. En tercer lugar, porque hay personas y familias que son generosas con el cuerpo humano y consienten una donación ayudados por unos profesionales que utilizan la inteligencia para ser más libres, utilizando una técnica asombrosamente humana y científica.

En definitiva, un precioso ejemplo para dar la cara por la mujer. Aunque nos la parta la vida por las últimas noticias tan asombrosamente cerca de donde vivimos. Quizá, detrás del lavabo de casas inimaginables, de familias supuestamente ejemplares, como nos recordaba recientemente el anuncio que la Junta de Andalucía ha entregado a la televisión de todos los días… removiendo la conciencia de los que hacen oídos sordos a la violencia de género y se lavan las manos como si no pasara nada.

Gracias, Isabelle. Gracias  también a los doctores Bernard Devauchelle y Jean Michel Dubernard, y a su equipo anónimo, porque permiten hoy que el mundo crea todavía más en el ser humano, dando entre todos la cara…

Sevilla, 6/II/06

Género y vida

Mujer: género y vida

Hasta aquí hemos llegado con tres situaciones diferentes de violencia de género: mujeres apalizadas (así se escribió), apaleadas y acuchilladas. El hombre fue detenido, en un pueblo de Sevilla, tras el ataque en este último caso, cerrándose la noticia cotidiana con la siguiente estadística: “con estas dos muertes, el número de víctimas en lo que va de año por la violencia machista se eleva a 12”.

Y surge la eterna pregunta: ¿qué puedo hacer yo ante esta realidad inexorable?, si eso es cosa de la justicia y de la policía, si nosotros no podemos hacer nada, si eso ha pasado siempre, sin son secretos de alcoba; además, si te metes, sales trasquilado…

No estoy de acuerdo con esa tranquilidad existencial. Sé que en este siglo de ausencia de valores, donde millones de personas están más interesadas en ver, oír y callar ante la violencia de género con intermediación generosa de entornos mediáticos (prensa, radio y televisión), por ejemplo, sobre la presunta “esquizofrenia paranoide” (utilización malvada de diagnósticos virtuales) de Raquel Mosquera, con declaración de su patología “interpretada” a los cuatro vientos, donde se explica con una crueldad maquiavélica que “ya se veía venir” y donde hasta los amigos tienen la oportunidad de vislumbrar la auténtica tragedia de una mujer “pública”, no es de extrañar que se oigan con total frialdad las doce noticias de muerte de mujeres a manos de sus parejas y sigamos desayunando o cenando como si no pasara nada. O lo compartamos, a lo sumo, en la barra del bar o mesa de trabajo, con compañeros, con comentarios jocosos y soeces sobre el “merecido” de determinadas mujeres.

Hasta aquí hemos llegado. Por mi parte voy a comprometerme a escribir en este cuaderno de bitácora (blog) con carácter continuado de compromiso, para hacer visible que aún es posible cambiar la situación, transformándola a través de las pequeñas cosas.

Pasen y vean.

Lunes cualquiera de una semana real, no imaginaria. Trabajo en sede pública, con funcionarios reales. Compromiso personal en la Administración. Delante de mí no voy a permitir ninguna licencia de mal gusto sobre el mal trato a la mujer, por lo que ocurrió ayer. Ni los chistes insultantes para su esencia y formas como persona. Ni la vejación por su tradicional preocupación por los hijos. Ni la falta de comprensión hacia su tiempo familiar, robándole minutos de su prisa justificada por volver a casa a estar con sus hijos, ni hacia su hora de lactancia. Las escucharé atentamente, las ayudaré a crecer como si fuera yo mismo, sin discriminación. No me reiré de la discriminación positiva en responsabilidades públicas, porque de otra forma estaremos perdiendo oportunidades de ser juntos. No utilizaré almanaques insultantes hacia la mujer. No pasaré por Internet y correo electrónico chistes y consideraciones impresentables sobre la mujer. No las gritaré. No repetiré la doble personalidad: vicios privados, públicas virtudes… No volveré a decir que “hablan como cotorras”. Y, por supuesto, ayudaré a desterrar del vocabulario machista aprendido en la infancia, expresiones tales como: mujer tenía que ser, de qué te quejas si no te falta de nada, más pueden dos tetas que dos carretas ó detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y después, su esposa, como diría Groucho Marx).

Por aquí podemos empezar. Luego vienen todos los días de la semana, el tedio y aburrimiento. Los fines de semana, donde hombres y mujeres nos vemos las caras. La realidad de los niños pequeños que nos exigen esfuerzos redoblados de compenetración y solidaridad con el tiempo ocupado y/ó libre para ser y/ó, desgraciadamente, solo tener. Las vacaciones, época muy triste para mujeres solas.

Podríamos formar, por tanto, una célula de arranque, bajo la denominación de “género y vida”, con carácter virtual, en la red, del que formáramos parte aquellas personas que creemos en el proyecto de que la mujer es una realidad de persona en el mundo sin más diferencia que las meramente anatómicas y fisiológicas que, por cierto, es patrimonio universal de cualquier ser inteligente. Posiblemente, llegará el día, como decía Saramago en el acto de nombramiento como hijo adoptivo de Granada, el pasado 3 de febrero, en el que las mujeres aplaudirán desde las aceras una manifestación de hombres -y solo hombres- proclamando la nueva realidad de las mujeres libres de la esclavitud ética, psíquica y social del machismo ibérico, demostrada por una violencia de género que suma y sigue como si no pasara nada en el cálculo de la muerte.

Y, perdonen, tal como escribía hace unos meses en la actitud rebelde frente a la oportunidad de ser más, con el ejercicio del voto, llegamos al final. Yo no quiero callarme, como aquellos lugareños (al final de la “Lengua de las mariposas”), presa del terror de la indecencia, ante la cordada. Tengo prisa, porque se agotan los billetes de los autobuses de la utopía de “género y vida” para la mujer, que salen de la estación de Andalucía.

Sevilla, 5/II/06

Encuentro con Tagore

A Marcos, celoso de crear con pequeñas cosas…, desde que era pequeño

Ayer fui a la oficina de Correos de mi barrio con la ilusión de hace cuarenta años. Iba a recoger un libro antiguo que había localizado por Internet para hacer un regalo muy especial. Abrí el paquete cuidadosamente y poco a poco, entre las burbujas protectoras, apareció una edición muy querida, de 1958, en la editorial Losada de Buenos Aires, de uno de los libros que han marcado mi vida: Pájaros perdidos, de Rabindranath Tagore, con una traducción impecable de Zenobia Camprubí, la compañera y amiga de Juan Ramón Jiménez, a quienes tanto visité, utilizando incluso sus mesas de trabajo, en Moguer. Y gracias a Pepito, el guía de la Casa-Museo, que lucía orgulloso el perejil de plata en su solapa, que me explicaba una y mil veces, con un encanto especial, sus confidencias con las miradas de ambos en una habitación de la primera planta…

Quería recuperar un pájaro perdido, el 178, como si fuera una anilla recordada por mi, sentado a la sombra de un pino solitario de la carretera de Umbrete a Bollullos de la Mitación, ambos pueblos cercanos a Sevilla, en diciembre de 1965 y que eché a volar en mi imaginación. Era una época en que crecía en la búsqueda de la verdad machadiana, ni tuya ni mía, porque haciendo caso a D. Antonio la guardé siempre en una jaula dorada de silencios. Pasando páginas amarillas, de un libro maravillosamente usado, con dos apellidos anónimos en la página interior del título: Gómez Aldemira, XI-1959, encontré por fin el pájaro que había buscado incluso en épocas en que me había distraído con un encantador de pájaros, Papageno, que me había presentado Mozart a través de sus limpias manos puestas sobre mi:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos.

En esta época, donde el caballo grande, ande o no ande, es lo que entusiasma en nuestros alrededores, ha merecido la pena iniciar esta búsqueda de tiempo ganado, hace muchos años, de un pájaro pequeño, porque nos hace más libres la posibilidad de dejar, regalar, ofrecer, entregar aquello que es verdaderamente cercano y que es posible compartir, aunque sea aparentemente muy poca cosa, muy pequeño. Aunque cuando nos retiremos a nuestra soledad sonora, que tan magníficamente vivieron Zenobia y Juan Ramón, por este orden, necesitemos recoger en nuestras manos un nuevo pájaro perdido, el 130, que nos marca caminos para ser mejores:

Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera la verdad.

Sevilla, 4/II/06

Cumpleaños de Mozart

Desde el 27 de enero, fecha en la que se ha recordado en la aldea global el nacimiento de Mozart, (recuerda: Trazom) he escuchado con gran interés una parte de una obra que llena el espíritu de búsqueda de verdad: el concierto para flauta y arpa en do mayor, K 299. La pieza central, el Andantino, es una exposición sublime del entendimiento de la música como interpretación del mundo compartido, dado que desde cualquier lugar del planeta la conjunción de flauta y arpa te sumergen en una aventura de contrapuntos de gran valor humano.

Basta pensar que dos seres humanos, mediante el diálogo de flauta y arpa, logran llamar la atención desde una composición apresurada de Mozart, durante su estancia en París en 1778, escrita por encargo -como siempre- para poder sobrevivir y con un final doloroso: nunca le pagaron su trabajo. Quizá con la eterna oferta a los seres humanos que todavía se emocionan al escucharla, como es mi caso, Mozart recibe la mejor contraprestación del valor del concierto en este aquí y en este ahora. Una vez más, no hay que confundir valor y precio.

Si al mismo tiempo que escuchas el Andantino, quieres recrearte en un pequeño documental sobre su aniversario, te invito a que entres en esta dirección: http://www.cico.tv/austria/mozart/mozartspanish-512k.wmv y compartas el tamaño del archivo (al revés: K 512) como símbolo de una nueva obra catalogada por Köchel (la actual k que aparece junto a cada una de sus obras) …

Sevilla, 29/01/06

Historia de mujer

Siempre que puedo dedico un tiempo a Ángeles Caso (Magazine, 29/I/06) para aprender de su lucha. En esta ocasión, en su artículo ¿Quién dijo igualdad…?,  la lista de marginación de mujeres es interminable y, por razones del guión, ha tenido que poner un punto final apresurado, que por desgracia se actualiza diariamente. Pero he querido mirar hacia atrás sin ira, y un relato de los pueblos ribereños en Oriente Medio, a los que siempre acudo en momentos de crisis, me abre una perspectiva histórica de que ha habido momentos, quiero pensar que hay momentos, en que determinados hombres han pensado en el papel de la mujer y han intentado que tenga su sitio.

Me refiero al relato de Elcaná y Ana, en el primer libro de Samuel, en el mal llamado Antiguo Testamento, porque podría ser actual si tuviéramos la oportunidad de leerlo con visión de género compartido. Hay un momento muy emocionante, cuando Elcaná ve a su otra mujer llorando por los rincones porque no puede tener hijos, es decir, porque no cumple su misión, lo que hoy justifica simbólicamente cualquier marginación que narra Ángeles Caso, sin interferir la historia real de España. En un gesto sin precedentes, en el contexto social y religioso en el que vivían, dice: ¿Por qué lloras, Ana, no vale mucho más nuestro amor que muchos hijos?. Y nació su hijo, Samuel, “pedido a Dios”, en hebreo, a pesar de que un sacerdote cercano creía que estaba ebria “porque, habitualmente, no decía nada”. Elcaná fue un hombre colaborador, rompedor de barreras multiseculares, que enseña a los hombres de hoy que Ana es capaz de dejar de llorar si le damos su sitio. Sin ayuda de Dios. Con la nueva visión de los que permiten que la mujer se incorpore a la vida diaria con igual derecho que cualquier hombre, a pesar de que algunas leyes, las costumbres y determinados hombres se lo estén robando.

Enviada a “Magazine, 29/I/06

Regreso a Turín

Leyendo el reportaje “Turín, de Fiat al sueño olímpico”, en el Magazine de 29/I/06, he recordado mi estancia en esa ciudad en 1968, en una época donde era practicar espíritu olímpico salir de España y buscar nuevos horizontes de realización personal bordeando el mayo francés. Aquellas tardesnoches de Turín, con la luz enterrada a las cuatro de la tarde, saliendo de los jardines del Valentino, con manifestaciones por problemas sociales, que dejaban entrever que la malla obrera en el entorno de Fiat y Olivetti, nos enseñaban a cinco españoles que buscábamos a Dios por todas partes, sin encontrarlo, que otra España era posible.

Recuerdo también una lectura apresurada, como la carrera olímpica que nos animaba a llegar a alguna parte, sobre una manifestación obrera cerca de Turín. La pancarta que presidía la manifestación, recogía en una foto-testimonio excelente, unas frases que dejaban entrever un empeño social de grandes dimensiones: “los hijos de los ricos están cansados, los hijos de los pobres están siempre locos…”. Nacía la psiquiatría alternativa con Giovanni Berlinguer entre sus promotores, así como la locura de Turín, con su trabajo en cadena que nutría los psiquiátricos del lugar. Todo un símbolo en el nuevo despertar olímpico de la ciudad, dejando atrás una etapa de contraluces digna de una interpretación propia del neorrealismo italiano. Bienvenida sea.

Enviada a “Magazine”, 29/I/06

El tren de la vida

 Dedicado a todos los amantes de la revolución digital, dispuestos siempre a viajar hacia alguna parte…

 – Perdone. Es tarde y hoy tengo una cita con el tren.

– ¿Cómo dice? ¿Una cita con el tren?

– Sí.

Abro la puerta del coche. Me introduzco en él con una prisa inhabitual. Los semáforos en rojo ponen a prueba mi paciencia. El cronómetro me obsesiona. ¿Llegaré? Todo es matrícula cercana, peatón imprudente, cielo gris, color rojo, pesadilla fugaz. Yo solo pendiente de la cita. El mundo pendiente de su supervivencia. Ni el mejor enemigo me detendría. Ni el dinero más honrado. Otro frenazo. Casi nos rozamos. Hora punta. Caravana interminable. Sudor. Miro por el espejo retrovisor: coches, parejas fundidas, hombres solos, cigarrillos quemados nerviosamente. Música cercana poniendo una nota de serenidad al maremagnum de tráfico. Discusión. Otro semáforo. Estación.

¿Por qué no existirá una ventanilla para «LEJANÍAS»…? Siempre me ha sorprendido la palabra «cercanía».

– Buenas tardes. ¿Puede darme, por favor, un billete para «LEJANÍAS», perdón, para Madrid?

– ¿?

– ¿Cuánto le debo, aparte de su sorpresa?

Llego a la puerta de Salidas. Un empleado se interpone en el paso:

– ¡Oiga! ¿Lleva usted billete?

– Sí.

– ¿Y el equipaje?

– Va conmigo. Es ligero.

Si supiera que mi bagaje es de 30 años, no lo habría comprendido. Busco mi tren. Ayer leía en una revista: «El tren está al servicio de la comunidad y necesita su confianza, porque nuestro tren es, eso, nuestro». Sí, mi tren. Tengo la impresión de que me agrego a una romería… Su nombre es mariano y contradictorio: «Virgen de la Soledad». Al menos, ya somos tres en este viaje: el tren, la soledad y yo.

Música ambiental. Refrigeración. Sillón reclinable. Compañía. Una mujer. ¿Quizá sola? Físicamente, sí. Qué extraño que dos voluntariamente solos, estemos obligatoriamente unidos por un billete. ¿Diálogo? ¿Por qué no? Primero procuraré serenarme. Pensar.
Casi sin darme cuenta me he alejado del ruido de la ciudad, del trabajo habitual, de los amigos, de mi casa y de mi parentela, en busca de algo nuevo, de experiencias hecha carne, de caminos por andar. ¿Por qué? Quizá por la propia insatisfacción que siempre viaja conmigo desde aquel encuentro brutal con la vida. Estoy cansado, hastiado de tanta mentira, tanto fraude, de tanto convencionalismo y de tanta contemporización. Confieso que hoy busqué refugio en el tren, por todo el valor simbólico que encierra… La lectura de un «slogan” publicitario me cuestionó hace pocos días este momento climático: «EL TREN: una voluntad en marcha». Es verdad. La inteligencia necesita complementarse con otra facultad espiritual que me cualifica como hombre: la voluntad. Así justifico los hechos y mis actitudes. Para poder dar razones de mi yo, de mi hombre de secreto, necesito que mi voluntad esté en marcha, como motor móvil que dé sentido a mi vida. En este caso tengo que estar agradecido a los medios de comunicación social, porque indudablemente han «situado» mi crisis humana.

He sentado la impaciencia de los semáforos y de las matrículas cercanas. Juntos, nos hemos puesto a reflexionar. Ahora tengo que desempeñar el rol de viajero. Pero no, quiero romper los moldes clásicos del viajero español y demostrarme a mí mismo que llevo también un alimento invisible…, como el equipaje de la pregunta en la estación. Soy un hombre que he buscado lejanía de lo habitual, para encontrar paz. Tengo mis convicciones religiosas y políticas. Cuando decidí olvidarme de todo y dejarlo sobre el andén, la búsqueda de un tren de vida me situó frente al recuerdo religioso. Y aquel «affiche» político y publicitario me miró desafiándome a una lucha en mi sitio, en mi tierra, con los míos, como gritándome: ¡Alto a la huida existencial!.

Sentir el desarraigo a esta velocidad, es arrancarte algo y alguien. Quizá es que ha sonado la alarma de la vida, de la limitación humana. Aquí no hay tirador, ni instrucciones suplementarias. Ni siquiera multa. Sólo, miedo existencia!. Vacío. En definitiva, contradicción.

Camino fijo, nuevos semáforos, nuevas paradas. Pero al menos no soy consciente, ni me siento responsable. Me llevan…

– ¿Un cigarrillo?

– No, gracias. Acabo de tirar uno.

– ¿Quiere hojear este libro?

– ¿Cómo se titula?

– «Poesía”, es una edición muy importante de la poesía de Rafael Alberti.

– Si no le molesta, prefiero hablar.

– Sí, sí, encantado.

Inconscientemente he sentido un estremecimiento físico y psíquico. Por primera vez en muchos años, alguien ha preferido hablar a distraerse de la vida. Al menos, así lo intuyo. Recuerdo cuando era alumno, aquella clase de Filosofía sobre Pascal, cuando nos explicaban su doble camino: o compromiso, o diversión… existencial.

– Mire, le vengo observando desde media hora antes de sentarnos casualmente juntos. Nos hemos conocido a la luz de los semáforos. Éramos dos inquietos. Intuí su prisa. Quizá fue su simpatía humana, en su sentido más profundo. Le envidié al verle entrar en la estación, con ese aire tan desenfadado. Aquella pregunta acerca del billete para «Lejanías», me centró la imagen difusa que hasta ese momento tenía de Vd. ¿Paradoja? Éramos dos voluntariamente solos y obligatoriamente unidos por unas horas. Gracias al tren, aquí y ahora. El mañana no lo conocemos. Pero perdone, no he parado de hablar un momento y, en principio, he sido descortés con Vd., porque fue quien me invitó a la comunicación y al diálogo, en ese ofrecimiento tan superficial para muchos…

– Sí, es verdad. No importa que me hable ininterrumpidamente. Lo prefiero. Será la única forma de sentir el vértigo de la intercomunicación, porque la soledad me hace retroceder, me anquilosa. Hable, hable sin temor…

Cinco horas de viaje darían para escribir muchos libros y muchas impresiones. Fue una conversación plagada de silencios que hablaban por sí solos. La observación conjunta del paisaje, de los pueblos, de las montañas y de los hombres, fueron motivos de comunicación verbal profunda. Aprendí mucho de aquella soledad-mujer, sentada en la vida, como dice el pueblo alemán. Una soledad modelada como tren, me ofreció un camino corto y compañía para continuar la búsqueda incesante de la verdad. Aquello parecía una novela rosa, un cuento de mi abuela, contado con la prisa de acabar bien, pero yo lo vivencié con la tragedia de la vida y con la esperanza del cielo…

– Adiós…

– Adiós…

Cuando llegué a mi destino, decidí volver a lo mío. Esta fuga sirvió para darme cuenta de la inconsistencia humana. Regresaré con nuevo equipaje. Invisible, pero esperanzador. Me subiré al tren de la vida y procuraré evitar ser el farol rojo…, aunque esté en marcha. Tendré que encontrarme de nuevo con coches, personas, semáforos y niños inconscientes. Si es verdad que mi voluntad está en marcha, tengo que demostrarlo.

Nuevo coche. El 021. Asiento de pasillo. Ha cambiado el panorama paradójicamente. De la contemplación de la naturaleza, he pasado al roce con la realidad del hombre, en ese corredor de la vida donde el retorno se hace innecesario… Poesía. Abro el libro de Alberti y leo:

«Tren del día, detenido
frente al cardo de la vía.

– Cantinera, niña mía,
se me queda el corazón
en tu vaso de agua fría.

Tren de noche, detenido
frente al sable azul del río.

– Pescador, barquero mío
se me queda el corazón
en tu barco negro y frío».

Pienso. Duermo. Sueño. Y es verdad, porque mi corazón se ha quedado en el mundo abierto y humano, en un tren de mediodía…

Huelva, 1977

El día X

En el editorial de un periódico, el 20 de enero de 2006, se hacía la siguiente reflexión: “En una revisión radical y peligrosa de la doctrina nuclear francesa, el presidente y jefe de las Fuerzas Armadas francesas, Jacques Chirac, anunció ayer que Francia podría contestar con un ataque atómico a Estados que utilizaran medios terroristas contra ella o para garantizar “los aprovisionamientos estratégicos y la defensa de los aliados”. Hace años comencé a escribir un cuento, hoy inconcluso, que ya podía tener final. Sobre todo porque lo podría sobreescribir cualquier ciudadana ó ciudadano responsable.

Sevilla, 22/01/06

Nunca se veía la luna. Jugar con ella, en sonrisa o tristeza, no era posible aunque la noche fuera eterna. Las estrellas eran solo un recuerdo de niño asombrado.

– Jorge, ¿dónde estás?

– Mirando esta planta…, es verde y cariñosa, ¡me abraza!

Era verdad. Jorge confundía sus brazos con las hojas de aquellas plantas verdes, impasibles, que junto a su pelo rubio parecían crecer en caricia de madre. Rosa jugaba a ser mujer.

Estos dos niños no necesitan presentación. Su vida anterior casi no cuenta. Una bomba de neutrones acabó con la existencia humana y animal que les rodeaba en Lugaria. Crecían por instinto de conservación. La historia les había escrito, dejándoles huella. Las salidas de aquella planta subterránea habían sido esporádicas. Toda la ciudad estaba tranquila. Comercios eternamente encendidos, con rebajas de Enero que no parecían interesar a nadie. Autobuses y coches en situación estática de maqueta. Puertas siempre abiertas en todas direcciones. Periódicos detenidos en el tiempo, en una insólita fecha:

1 de Febrero de 2006

Silencio absoluto. Sólo el diálogo de Jorge y Rosa rasgaba el vacío existencial de aquella ciudad.

– ¡Mira ese hombre en el escaparate: parece que está hablando!, Mira aquellos niños, podríamos llevarlos a casa…, al menos nos acompañarían por un tiempo. Tú podrías coger un hombre y yo una mujer. Después venimos a por los niños y así formamos una familia. ¿Por qué no jugamos a construir una familia?

– Vale Jorge. Me parece estupendo.

Dicho y hecho. A los pocos minutos, sin vigilantes en las puertas y sin precauciones de ningún tipo, cogieron unos maniquíes vestidos de invierno social y a duras penas los llevaron a casa, aquél subterráneo de silencio permanente con música de “rap” como recuerdo de un día “X”.

– Sienta a tu muñeco aquí, Jorge. Podría ser nuestra madre, ¿verdad? Yo voy a poner a “papá” aquí, en este sillón, leyendo un periódico eterno. Como la televisión ya no sirve, nos va a prestar un servicio como mesa de juego. En esta sala entraremos poco, aunque siempre daremos los “buenos días” y las “buenas noches”. . .

– Rosa, ¿quieres seguir estudiando?

– Sí, ahora es mejor porque ya no hay exámenes. Tú estudias lo que quieras, yo también y al final ponemos en común lo que sabemos. De todas formas, podemos ir al Colegio para leer los temas que se estaban dando el año fatídico. ¡Vamos!.

El camino del Colegio era suficientemente conocido. Pareció este día mas largo, ya que la distancia era grande y el autobús permanecía parado en huelga permanente a la puerta del Centro. No había golosinas. Ni Paco, con su kiosco nuevo, ni el portero Juan. Ni su pequeña radio, a todo volumen, con la publicidad del día.  Entraron en sus respectivas clases y recogieron los útiles necesarios para seguir las clases por radio, en una emisión internacional que provenía de Alfran, país que por conflicto político había lanzado la terrible bomba…

– ¿Rosa, te acuerdas de aquella canción que se llamaba “Mirando al sol”?. Yo la cantaba muchas veces, pero hace tanto tiempo que ya no me acuerdo apenas. Solo recuerdo una parte que decía:

Si miras al sol
No cierres los ojos…
Sería para él enojo
Al darte luz y calor…

Una canción cualquiera que instaba a mantener los ojos bien abiertos ante una realidad que quemaba en su proximidad. La canción era casi un programa futuro que Jorge y Rosa cantaban en inocencia de doce años. La guitarra y la flauta eran compañeros inseparables. 

Muchas horas de rasgueo inseparable suplían una actividad normal añorada. Ni un solo grito de protesta, ni un solo ademán de castigo. Solo quedaba el abrazo a una guitarra o el beso a una flauta que sonaba notas de una canción que se podría llamar “Ave Fénix”.

En Jorge y Rosa existía amor. Para ellos no tenía ningún valor la teoría de los hechos. Ahora, la vivencia diaria tenía que configurar una nueva teoría. El desamor les había llevado a una situación de convivencia donde la necesidad mutua hacía descubrir a ambos la belleza de sus cuerpos desnudos, en un grito de amor que no se sentía por este nombre. Los ojos que se cruzaban en miradas de afecto, simbolizaban una ceguera multisecular.

– Te quiero así, Rosa. Tú y yo podemos construir una nueva casa, una nueva ciudad, una nueva nación, un nuevo mundo. Tú y yo podemos soñar, nadie nos lo prohibirá. Deja que te contemple: no me importaría vivir muchas horas en pensamiento tuyo. Mira a tu alrededor: los relojes ya no limitan ni controlan nada, solo nos recuerdan que el tiempo corre, como nuestras vidas.

Salieron y pasearon hasta un Parque grandioso. La ausencia de niños convertía aquella zona en una selva urbana. Jorge y Rosa decidieron transforrnar aquel jardín y devolverle su belleza en potencia.  Todos los días arreglaban un sector del Parque, hasta que pasados unos meses el paseo ya no era el mismo. La soledad aún gritaba ausencia, pero nadie debía volver a jugar allí hasta que la ciudad estuviera a punto para una convivencia nueva, en plenitud de amor.

Las calles quedaron limpias. Los comercios, con sus puertas abiertas, invitaban a la no especulación, en un ideal de servicio a todo tipo de necesidades en intercambio mínimo. Los Bancos ya no existían. Se convertirían en lugares donde la cultura se daría sin intercambio económico. En sus sueños, Jorge y Rosa, planificaban así su nueva ciudad.

Lo que más preocupaba era el sitio donde albergar las dependencias para un “museo del hombre anterior”. Allí irían todos los trajes de la época, del día “X”, los utensilios de trabajo mas sofisticados, las ideas más “deslumbrantes”, los vehículos mas representativos, la maqueta de un Banco y de edificios públicos donde se gestaron las grandes soluciones a los conflictos permanentes del hombre anterior…, los “planning” de lo que se llamaba Ejército, Policía, Administración, etc. El único oro que se podría utilizar como símbolo sería para realizar las letras que anunciarían la existencia del Museo:

MUSEO DEL HOMBRE ANTERIOR

La ciudad, después de cuatro años, ya no era la misma. Jorge y Rosa, dieciséis años ambos, no habían trabajado en vano. Habían descubierto el valor del amor como única moneda de intercambio a la hora de relacionarse con los otros “tú”, con los animales y con las cosas. Toda la ciudad parecía a punto para recibir al hombre nuevo. La apertura a la naturaleza era total. Ya no había coches. Los que quedaban por las calles morirían definitivamente en sus cementerios. No era posible ya ningún tipo de contaminación, puesto que la Naturaleza respondería a las necesidades del nuevo hombre. La comida ya no estaría adulterada y habría lo necesario para cada uno. El dinero ha perdido su significado. Quizá haya sido el mejor hallazgo de Jorge y Rosa. El trabajo de los nuevos habitantes sería recompensado en elementos necesarios para vivir y emplear equitativamente el tiempo de ocio. La distribución  de viviendas se haría en términos de justicia y los parques y jardines serían todos de dominio público. El cine y los medios de comunicación social se potenciarían en torno a un principio de esperanza y de felicidad. Las cárceles ya no son necesarias.

Muchas cosas quedaban por hacer en la nueva Ciudad, pero los fundamentos eran evidentes. Su fisonomía era especial, algo que siempre habían soñado los dos niños sin historia.

Pasados los años, una noche cualquiera, de luna llena y sonriente, acogió el amor nuevo de Jorge y Rosa. Un nuevo ser era el símbolo del hombre nuevo que en sus mentes y en sus manos habían forjado a lo largo de su vida… Y comenzaron a llegar de todas partes, al amor de una experiencia nueva, en un paraíso urbano que necesitaba escribirse para otros dos mil años de historia…

Y despertaron, descubriendo que su ciudad todavía estaba allí.

Perdona, querido internauta, quien quiera que seas: cualquier parecido con la realidad puede ser que algún día no sea pura coincidencia.

Huelva/Sevilla, 1982-2006

Ética del municipio

No hay que perder segundos en defensa de la democracia. Hace bastantes años, cuando nacía la Andalucía nueva, me comprometí ideológicamente con la colaboración en prensa mediante artículos de opinión, que querían trascender la definición que siempre había conocido sobre este tipo de escritura, en el Diccionario de la Lengua Española: escrito de mayor extensión que se inserta en los periódicos. Viajaban hasta la rotativa con la ilusión de crear estado de opinión en busca de la teoría crítica. Pasados los años, creo que no han perdido frescura y en esta nueva forma de conectar con el mundo de forma celular, busco nuevos espacios de compromiso para hacernos más libres y más inteligentes. En este caso, con mi Ayuntamiento de Sevilla, tan golpeado en los últimos meses…

Sevilla, 21/I/06 

Dicen los principios éticos más ortodoxos, que la «cosa», la plata, por ejemplo, sólo sirve cuando es para el hombre. La plata en sí no es nada, porque el valor se lo ha dado el hombre. En este caso, el voto, el «papel» municipal sólo sirve para el hombre, porque en sí tampoco vale nada. ¿A qué viene ésto? Sencillo. Comenzamos una nueva etapa municipal y no vendría mal adentrarse en un mundo olvidado con frecuencia: la ética municipal.

Las bases éticas nacen en el hombre. En cualquier hombre ciudadano. Las raíces de la conducta no son debidas en principio a unas normas establecidas, sino a la posibilidad de ser persona. Luego partimos del hombre y su conducta. No son las manos las que votan, sino todo un hombre el que vota. Y ese hombre deposita en un papel su persona «votando». Una persona que, en principio, confía (o debe confiar) en un programa, en unas personas, en una ideología, en un progreso, etc. Y esa persona quiere ser escuchada en su silencio, a veces, de los sin voz. Porque el silencio de la urna existe ante los ruidos propagandísticos. En pocos centímetros de papel una persona se proyecta y proyecta la sociedad. Sueña con unir muchos papeles y así, casi pegados, afirmar conjuntamente que se cree en la posibilidad de ser pueblo y ser escuchado.

El problema ético nace cuando se rompen los papeles, nunca mejor dicho. El símbolo de la papelera es el fantasma que recorre las mentes de los que votan. Y el recuerdo de ese acto debe estar presente, de forma cautelar, en las mentes de los elegidos democráticamente. Cada voto representa a una persona eligiendo y elegir es la posibilidad más seria de libertad que podemos gozar. La actitud ética del respeto al voto se constituye condición sin la cual no se puede hacer política municipal.

Otro principio ético municipal es el del respeto a la razón por un sentido de responsabilidad. La razón es humana y no tiene color. Sí, por el contrario, ideología y personas. Ya ha demostrado la historia de forma suficiente que «ninguna ideología es inocente», como señaló Lukács. Y la ideología simbolizada en programas políticos ha perdido su inocencia de base. Pero eso no es «malo», para que nos entendamos. Perder la inocencia para ser responsable, es «bueno». Y ser responsable conlleva por un lado, conocer la «cosa» política (programa, por ejemplo…), el contenido de la acción y además, ser libre para decidir en nombre de unos votos.

Conocimiento y libertad, se constituyen así en elementos imprescindibles para ejercer el sentido de responsabilidad, es decir, de «respuestabilidad» (valga la expresión) ante situaciones políticas municipales muy puntuales. Arreglar una calle, poner farolas, o estudiar los impuestos, en si no son nada, sino que conocidos que son «para el hombre», para el ciudadano, valen, en el mejor sentido de la palabra.

Por último, el tema de llevar o no razón política: «La razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Lo que pretende la razón municipal es reflejar la situación social de una ciudad, de un pueblo; eso si, teniendo las ideas claras, porque de lo contrario se puede llegar a estropear la construcción de un sentimiento ciudadano de crecimiento, progreso y desarrollo. Tener las ideas claras, también es punto de partida ético imprescindible en la política municipal. ¿Por qué? Sencillamente porque es búsqueda de verdad, criterio ético que a pesar del paso del tiempo, siempre se sitúa como conquista. Y es que la verdad está en la «cosa», como decíamos al principio, en ese papel alargado con nombres y apellidos, que fue mi voto municipal…

(1) LUKACS, G., El asalto a la razón, Grijalbo, Barcelona, 1976, pág. 5.

ODIEL,  Viernes, 27 de mayo de 1983