Selam, la niña de Dikika

Ayer saltó la noticia para conocimiento de la población mundial: los restos que se encontraron en Dikika (Etiopía), en 2000, pertenecen al esqueleto de una niña, a la que se ha puesto el nombre de Selam (paz) y se confirma mediante pruebas científicas que cumpliría hoy tres millones, trescientos mil años. Es un descubrimiento extraordinario porque según manifiesta Zeresenay Alemseged, paleoantropólogo etíope del Instituto Max-Planck de Leipzig, en Alemania: “son los restos más completos jamás encontrados hasta la fecha en la familia de los australopitecos”. El esqueleto se ha montado como un puzzle humano, pieza a pieza, hueso a hueso, desde su descubrimiento en el periodo comprendido entre 2000 y 2003, faltando sólo la pelvis, la zona baja de la espalda y parte de las extremidades.

Curiosamente, Yves Coppens, descubridor de Lucy, vecina de Selam, en Dikika, refuerza la importancia de este descubrimiento porque “el mayor interés cuando se descubre un niño es que muestra mejor que un adulto los caracteres genéticos de la especie y permite observar elementos de base porque la acción del medio sobre la persona no se manifiesta todavía. Por eso, el descubrimiento es extremadamente importante. El estudio confirma el carácter bípedo y arborícola de Lucy, a través de estos dos esqueletos que, entre paréntesis, son los más completos de los australopitecos descubiertos”. Hay un gran debate científico sobre las largas extremidades superiores de la especie a la que pertenecen Lucy y Selam, facilitadoras para subir a los árboles y alimentarse, y que posiblemente estuvieran situadas en un callejón sin salida morfológico, en clave evolutiva y teilhardiana.

Por mi especial dedicación científica al estudio del cerebro, me impresiona la realidad de su capacidad craneal, analizada con técnicas de imagen, para poder calcular la fecha de su nacimiento y su base evolutiva para alcanzar el desarrollo que tiene la corteza cerebral actual. Selam, una niña de unos tres años de edad, tendría una capacidad cerebral en torno a los 300 centímetros, mientras que la de nuestra especia ronda los 1.400 centímetros cúbicos. Comenzaba a desarrollarse el cerebro. Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides (1), que es el auténtico protagonista del hallazgo, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis.

La noticia me ha llevado a una reflexión importante. Hace quince días, en mi trabajo actual de investigación cerebral, escribía lo siguiente: hace doscientos mil años que la inteligencia humana comenzó su andadura por el mundo. Los últimos estudios científicos nos aportan datos reveladores y concluyentes sobre el momento histórico en que los primeros humanos modernos decidieron abandonar África y expandirse por lo que hoy conocemos como Europa y Asia. Hoy comienza a saberse que a través del ADN de determinados pueblos distribuidos por los cinco continentes, el rastro de los humanos inteligentes está cada vez más cerca de ser descifrado (2) . Los africanos que brillaban por ser magníficos cazadores-recolectores, decidieron hace 50.000 años, aproximadamente, salir de su territorio y comenzar la aventura jamás contada. Aprovechando, además, un salto cualitativo, neuronal, que permitía articular palabras y expresar sentimientos y emociones. Había nacido la corteza cerebral de los humanos modernos, de la que cada vez tenemos indicios más objetivos de su salto genético, a la luz de los últimos descubrimientos de genes diferenciadores de los primates, a través de una curiosa proteína denominada “reelin” (3).

Se han estudiado las regiones del genoma humano, una vez establecidas las comparaciones entre los genomas de humanos, chimpancés y otros vertebrados (animales más o menos próximos en la evolución a nosotros) para identificar elementos que hayan contribuido a cambios evolutivos rápidos, que son los realmente importantes, limitándose la investigación a la zona más relevante, la denominada HAR1. Esta zona forma parte de dos genes. Uno de éstos, el HAR1F, es activo en un tipo de células nerviosas, las neuronas Cajal-Retzius, que aparecen pronto en el desarrollo embrionario (entre la siete y la 19 semana de embarazo) y juegan un papel crítico en la formación de la estructura de la corteza cerebral humana. Estas neuronas son las que liberan la proteína “reelin”, que guía el crecimiento de las neuronas y la formación de conexiones entre ellas. El gen identificado (HAR1F) se expresa junto con la “reelin”, que es fundamental a la hora de formar la corteza cerebral humana, lo que habla más a favor de su importancia en la evolución. En manifestaciones de David Haussler, director del Centro de Ciencia e Ingeniería Biomolecular de la Universidad de California en Santa Cruz e investigador del Instituto Médico Howard Hughes: “No sabemos qué hace, y no sabemos si interactúa con la “reelin”. Pero la evidencia sugiere que este gen es importante en el desarrollo cerebral, y que es emocionante porque la corteza humana es tres veces mayor que la de nuestros predecesores (…) Algo hizo que nuestro cerebro se desarrollara mucho más y que tuviera muchas más funciones que los cerebros de otros mamíferos”.

Algo tuvo que ocurrir en el nacimiento de la vida humana, trascendental y aún por descubrir, para que nuestros antepasados, a los que hoy situamos en una primera referencia, Selam, la niña de Dikika, comenzaran a caminar de forma bípeda y a desarrollar el cerebro. La gran pregunta surge al saber que junto a los fósiles de Selam y de Lucy se han encontrado también restos de hipopótamos y cocodrilos, lo que aventura pensar que Selam fue una niña feliz en un medio fértil y adecuado a sus necesidades. Algo tuvo que ocurrir, cuando sintieron la necesidad de salir de su tierra y de su parentela para buscar comida y una habitabilidad mayor. Para no amargarnos demasiado, desde el punto de vista científico y a las pruebas científicas me remito, media un tiempo impresionante entre Selam y los primeros aventureros, hace doscientos mil años, que empezaron a crear el mundo habitado. Voy a seguir de cerca este descubrimiento para enlazar estas realidades. La diferencia del cerebro no es tan evidente, si la comparamos con el paso de los millones de años. Ahí está la llave del secreto de esa niña a la que han puesto un nombre simbólico en territorio musulmán: Paz.

Sevilla, 22/IX/2006 

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(1) Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe.

(2) Sreeve, J. (2006). El viaje más largo. National Geographic, Marzo, 2-15.

(3) Pollard, K.S., Salama, S.L. (2006). An RNA gene expressed during cortical development evolved rapidly in humans. Nature advance online: publicado el 16 de Agosto de 2006 (consultado on-line en la dirección: http://www.nature.com).

Cayucos

Nunca habíamos hablado tanto de los cayucos, esas embarcaciones de la esperanza, de la miseria, de las frustraciones. Han sido los auténticos protagonistas del verano, llegando a las Islas Afortunadas, las Canarias, por oleadas, en un viaje a lo vagamente conocido por las parabólicas de Senegal. Y lo cotidiano ha sido ver como saltaban a la teórica libertad de un puerto canario, desde el barco paradójico “Esperanza del Mar”, abrazándose a una cruz roja como misión imposible, en el silencio de los muertos y desaparecidos.

¿Qué son los cayucos?: dicen los expertos que son embarcaciones en las que durante la travesía de su vida aprenden a no hablar al llegar a España, a no mirarse a la cara, porque durante siete días, que es lo que dura el viaje descarnado, solo pueden mirar hacia adelante, siempre en la misma postura, todos juntos, hacinados, para ver si el Teide, España y Europa los acoge en su misteriosa holgura de riqueza y libertad. Ser ó tener, esa es su cuestión. Hasta que un día los encontramos en un semáforo, en nuestros viajes cotidianos, donde los pañuelos a un euro pueden servirnos para justificar sus lágrimas cuando nos miramos de frente, entonces sí, cara a cara.

Carta enviada a “Magazine” el 27/VIII/2006

Las caras de la inteligencia

Ayer volví a analizar con detenimiento un cuadro de Rafael, que he contemplado muchas veces en vivo y en directo en los Museos Vaticanos, en tardes furtivas romanas y que siempre me ha sobrecogido desde cualquier ángulo que lo mirase. Se trata de “La Transfiguración”, un cuadro de encargo (no inocente) de medidas considerables: 410×279, donde me ha interesado en esta ocasión observar (al margen de la transfiguración como hecho místico superpuesto) cómo se contempla la enfermedad mental por unos ciudadanos privilegiados, en concreto la expresión de un epiléptico joven interpretada por los apóstoles, amigos de Jesús de Nazareth. He centrado la mirada en una composición de ocho rostros cargados de expresión mental y corporal ante el fenómeno de la epilepsia, la “enfermedad sagrada” según Hipócrates de Cos. Rostros próximos, caras encontradas a través de la inteligencia individual y conectiva.

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Cuatro rostros pertenecen a los apóstoles, que están muy cerca de lo que está ocurriendo en ese aquí y ahora. Si miran con detenimiento sus caras podrán comprobar cómo existen cuatro formas de aproximarse a la enfermedad sagrada. Son cuatro formas de introyectar y elaborar lo que aparece a simple vista: la visión desgarrada del joven, con los ojos en blanco y su entorno cargado de dolor e incomprensión ante lo sucedido. Veamos uno a uno. Me ha generado emociones internas la cara de desconcierto, magníficamente tratada por Rafael, de un apóstol joven. Da la impresión de intentar recoger en su policromía exacta la verdad de la incomprensión de la enfermedad mental, mirando, no viendo. Mirada profunda, directa, silenciosa. No hay palabras en ese momento. Otro apóstol, de barba canosa, que está muy cerca del anterior, refleja la comprensión de los hechos irrefutables de la vida: la enfermedad está y hay que asumirla. Arriba, aparecen dos rostros muy descriptivos. Uno se vuelve a su compañero y amigo para decirle: ¿has visto?, ¿entiendes lo que está pasando? Su compañero expresa curiosidad por mirar y comprender lo que está ocurriendo.

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Los cuatro rostros restantes, reflejan el dolor y la incomprensión. La cara del joven poseído por el demonio (así se concebía por la sociedad contemporánea, con las mismas culpabilidades que posiblemente se vivencian hoy, cambiando lo que haya que cambiar) es el espejo de su alma enferma, auténtica preocupación de la época por la maldición implícita. Su dedo indica la existencia de una posibilidad de curación. Es una mano dirigida por la inteligencia interpersonal, en un último esfuerzo por indicar la única solución posible que ha corrido por aquellos pueblos ribereños de boca en boca. Su madre y los dos ciudadanos que los rodean expresan en sus rostros la mezcla de realismo fatal y la sombra de la duda de la intervención de los amigos de Jesús que han hablado mucho de la posible curación pero no saben cómo aproximarse a ella.

Las ocho caras de la inteligencia que he comentado pueden suscitar otros muchos comentarios. Son caras de  desconcierto ante la enfermedad mental, con una elaboración personal e intransferible de cada inteligencia particular. Y la realidad social continúa reflejando estas situaciones maravillosamente “pintadas” en el cuadro de Rafael. El cerebro sigue siendo una maravillosa caja de sorpresas que ante la enfermedad de la inteligencia, en sus múltiples versiones, sigue desconcertando a casi todos, aunque admitamos la posibilidad de que la ciencia pueda transfigurar hoy lo que la religión no ha podido explicar finalmente a los seis mil millones de personas inteligentes, cada uno a su manera, que poblamos ahora, en este aquí y ahora, el planeta Tierra. Y solo porque un día muy lejano, comenzó la vida y los seres humanos empezaron a viajar a  tierras desconocidas, con la experiencia ineludible de la enfermedad mental que todavía nos cuesta trabajo explicar. Y se nos nota en la cara que pone ante el cerebro de los demás, sano y enfermo, cada inteligencia en su particular Noosfera.

Sevilla, 16/IX/2006

Tú, gitana

A María José y Marcos, porque están siempre aquí, en nuestra particular aventura

Ha sido una experiencia deliciosa de la inteligencia digital. Esta tarde he vuelto a ver el magnífico anuncio sobre Galicia y su preciosa frase: palabras únicas, para emociones únicas. Desde hace meses estaba deseando localizar la banda sonora del anuncio. Y la he encontrado en la Noosfera digital: Internet, en una página que recomiendo abrir y escuchar la versión de la canción Tú, gitana interpretada por el grupo coruñés Luar Na Lubre con la cantante Sara Vidal y la colaboración de Pablo Milanés, al que tanto admiro por su compañía cuando buscaba la libertad de Andalucía y España.

Tu gitana que adevinhas
me lo digas pues no lo se
si saldré desta aventura
o si nela moriré.

O si nela perco la vida,
o si nela triunfaré,
Tu gitana que adevinhas
me lo digas pues no lo se.

Tú, gitana que adivinas
dímelo, pues no lo sé
si saldré de esta aventura
o si en ella moriré

O si en ella pierdo la vida,
o sin en ella triunfaré
Tú, gitana que adivinas
dímelo, pues no lo sé

Antes de seguir la lectura de esta página del cuaderno, te pido un favor: escucha la canción, siéntela. Después, continúa la lectura, si el sentimiento de sus voces te dejan pensar que otro mundo es posible cuando nos admiramos de los demás, de sus voces, de su expresión y de la forma de sentir de un pueblo.

Las resonancias de José “Zeca” Afonso, autor de la canción, a quien también debo parte de la ideología por su preciosa Grándola, vila morena, no me dejan indiferente. Espero que esta tarde, mañana o noche te sirva para valorar la inteligencia de la música hecha compromiso. Solo quería compartirlo contigo. Que lo disfrutes, en esta nueva versión de Noosfera musical…, a pesar de que esta fecha esté resonando en el mundo con compases de tristeza y en cada aventura particular.

Sevilla, 11/IX/2006

Wiphala

Los días previos al quinto aniversario del atentado terrorista sobre las Torres Gemelas, están siendo caldo de cultivo para los alentadores apocalípticos que conviven con nosotros mucho más cerca de lo que creemos. Y en este medio hostil, por definición, vislumbré ayer, de nuevo, la realidad de luchar constantemente, de forma celular, por la realidad que recordé el año de la toma de posesión del presidente Lula, en Brasil, cuando manifestaba en los discursos iniciáticos de su actividad  que “otro mundo es posible”. Este recuerdo vino a colación por una noticia que leí en la prensa diaria, sobre la celebración de la 1ª Bienal Internacional del Fin del Mundo, que se celebrará en la ciudad austral de Ushuaia a partir de marzo de 2007. En el acto de presentación del evento, que se llevó a cabo el martes pasado, el canciller Jorge Taiana definió así, textualmente, dicha celebración: “Pensar que otro mundo es posible desde otro mundo”. La Bienal presenta la particularidad de que conectará a los dos polos del planeta, ya que desde la ciudad argentina podrán seguirse actividades culturales desarrolladas en paralelo en Canadá y la Laponia finlandesa.

Fin del mundo. Son palabras que no suelen dejar tranquilo a nadie. Pero en el fondo de la noticia capté un mensaje que me ha hecho pensar en positivo. Verás. Decía la noticia de agencia que los artistas van a “invadir” el paisaje. Además, “Frente a la bahía de Ushuaia se izarán 2.000 banderas realizadas por artistas argentinos con diferentes materiales y que tendrán como denominador común su relación con la wiphala, la bandera indígena que ha hecho famosa en todo el mundo el presidente boliviano, Evo Morales”. Y una vez más, ignorante de tantas cosas, me puse a verificar qué es la wiphala. Tengo que decir a estas alturas del análisis efectuado que las conclusiones son muy esperanzadoras. Me ha entusiasmado el concepto “wiphala” y todo lo que lo rodea. He intentado comprender bien cómo una bandera es la eclosión de un conocimiento y de unos sentimientos y emociones y no al revés. He leído con atención el significado de la bandera “wiphala”, sus cuarenta y nueve cuadros, su lección de humanidad y ciencia aplicada. Maravilloso.

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He consultado el diccionario que describe el fondo y la forma del lenguaje   “aymará”, donde aparece la voz (siempre me ha gustado denominar así a las palabras) “wiphala”: Símbolo andino que representa la pluralidad de naciones, lengua, culturas y pensamientos. Bandera. Y este hecho de pluralidad conocida y sentida me ha permitido entrar en el conocimiento de la misma. He comprendido que la Wiphala es bastante más que la bandera y el emblema de la nación Andina y de los Aymara Quishwa, es la representación de su filosofía andina y, actualmente, el símbolo de la resurrección de la cultura que fluyó de los primordiales Cuatro Estados del Tiwantinsuyo.

En la página web consultada, he aprendido que los cuarenta y nueve espacios (cuadros) utilizan los siete colores del arco iris. En el centro está atravesada por una franja de siete cuadrados blancos que simbolizan las Markas y Suyus, es decir la colectividad y la unidad en la diversidad geográfica y étnica de los Andes. Esta franja representa también al principio de la dualidad, así como la complementariedad de los opuestos, por lo tanto unión de los espacios; y así la oposición complementaria o fuerza de la dualidad, es decir: fertilidad, unión de los seres y, por consiguiente, la transformación de la naturaleza y los humanos que implica el camino vital, y la búsqueda a la que éste nos impulsa.

He conocido, por primera vez, que los cuatro lados de la Wiphala conmemoran tanto a los Cuatro Hermanos Míticos; Ayar-kachi, Ayar-uchu, Ayar-laq’a y Ayar-k’allku, quienes fueron los precursores de los Cuatro Estados originales del Tawantinsuyu, como el símbolo del calendario Cósmico de los Aymará Quishwa; las cuatro épocas del año divididas por las cuatro festividades que las conmemoran: JUYPHI-PACHA o estación fría, LAPAKA-PACHA, estación del calor, JALLU-PACH-A, estación de la lluvia, y finalmente, AWTI-PACHA o estación seca.

La simbología de los Siete Colores del Arco Iris, también son una lección de historia sentida y transmitida:
• ROJO; representa al planeta Tierra (aka-pacha) así como al conocimiento de los AMAWTAS.
• NARANJA; representa la sociedad; expresa la preservación y procreación de la especie; así como salud y los conocimientos de la medicina; también a la educación y juventud.
• AMARILLO; Energía y fuerza (ch’ama-pacha), doctrina del Pacha-kama y Pacha-mama; dualidad; leyes y normas de la práctica colectiva.
• BLANCO; representa al tiempo y a su dialéctica (jaya-pacha), transformación; el arte y el trabajo, reciprocidad.
• VERDE; Para algunos representa a la economía y la producción andina; riquezas naturales, Tierra y territorialidad, así como la flora y fauna que es también considerada un don.
• AZUL; Espacio cósmico, el infinito (araxa- pacha), es la expresión de los sistemas estelares y de los fenómenos naturales.
• VIOLETA; Expresión del pueblo y del poder comunitario; estado, organizaciones sociales, intercambio.

Para interpretar la simbología matemática de la Whipala, debemos remontarnos a la idea del calendario, el cual podemos leer de tres maneras complementarias: Verticalmente, horizontalmente y diagonalmente, lo cual conforma el AWAKU andino. La parte superior de la Wiphala se identifica con el Sol, el día y la parte de inferior con la Luna, es decir, la noche. La Wiphala permite que a través del cálculo matemático sean previstas las fechas de los equinoccios, solsticios y eclipses. En el calendario andino la “Luna anual” tiene trece meses divididos en 28 días, entretanto el “Sol anual” tiene 12 meses constituidos por 8 meses de 30 días más cuatro de 31 jornadas, lo cual al sumarse nos da un total de 364 días, más un día; el llamado JACH’A-URU o Día Grande.

Recuerdo una vez más, aquél cuento paradójico de Monterroso, El eclipse: Por mucho que el bendito fray Bartolomé Arrazola intentaba persuadir a los indígenas de una selva de Guatemala para que no le mataran: “si me matáis –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca”, éstos lo tuvieron claro desde el principio ante un propagador de la fe y del más allá. Aquellos primeros pobladores de Guatemala, mucho antes que los conquistadores “españoles” llegados allí gracias al mar, decidieron acabar con estas monsergas del fraile, sacrificándolo en la piedra  de los ritos, comenzando inmediatamente a recitar una por una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses lunares y solares, demostrando que eran excelentes astrónomos, tal y como “la comunidad maya había previsto y anotado en sus códices sin la ayuda de Aristóteles”. Es decir, ya estaban allí antes de que fray Bartolomé Arrazola intentara persuadirles de la bondad de los poderes divinos traídos desde la España de Carlos V.

Ante la inteligencia demostrada por los aymará, he comprobado igualmente, que en su diccionario también se encuentran voces que han proclamado a lo largo de los siglos la experiencia maravillosa de poder ser inteligentes actuando. He obtenido algunos ejemplos: Amuyt´a (sustantivo): inteligencia; Amuyayaña (verbo): hacer reflexionar a las personas; Amuykipaña (v.): revisar, considerar; Amuynaqaña (v.): pensar mucho en algo; Amuyt´asiña (v.): recordarse, con cautela; Amuyu (s.): pensamiento, idea; Amuyuni (s.): persona que tiene idea, consciente, inteligente.

Por ello, al finalizar la lectura del artículo y volver a leer a los cronistas del miedo del 11-F o de cualquier fecha próxima o lejana, viendo también un documental sobre Bin Laden y escuchando de fondo los vaticinios de las últimas voces profundas, he vuelto a pensar en Lula, en su otro mundo posible, en las personas que sonríen a los senegaleses de mirada perdida y en la preciosa historia de la bandera Wiphala.

Por cierto. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, encontré unas palabras sorprendentes en lenguaje aymará: Tanta sarañani. Me impresionó su significado en esta lengua celtibérica y obligada a conocer a los indígenas aymará, que acusa tanto cansancio para narrar los desastres: iremos juntos. Me encantaría celebrar así el acontecimiento de Ushuaia, porque el fin del mundo sería mucho más relativo.

Sevilla, 9/IX/2006

Máquina para las niñas y los niños (Children´s Machine)

Vuelve otra vez Nicolás Negroponte, a quien profeso admiración, a demostrar que sigue empeñado en cumplir un compromiso anunciado hace meses: que las niñas y los niños más desfavorecidos del Universo puedan acceder a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, a un precio simbólico y con un medio versátil y adecuado a las contingencias de la pobreza. Se trata de la “máquina para los niños” ó 2B1, verde y blanca, del tamaño de un cuaderno, que saldrá el próximo año a la venta a un precio de 140 dólares. Sigue siendo un precio muy competitivo, aunque los mal pensados dirán a los cuatro vientos que en muy pocos meses ya lo han subido de precio, al haberse anunciado como el ordenador de los 100 dólares. Será resistente, ligero y de bajo consumo y permitirá navegar por Internet mediante dos pequeñas antenas. Además, tendrá una batería que podrá ser recargada con un pedal conectado al aparato. Negroponte insiste mucho en que éste es un proyecto educativo, no un proyecto informático de portátiles. Esa es la clave. 

Estos ordenadores, que dignificarán la ignorancia que genera la pobreza, rompiendo la temida brecha digital o el nuevo analfabetismo relacional, tienen características sorprendentes. Como se detalla en la noticia aparecida en el diario El País, de hoy: “presentarán una interfaz adaptada para el uso educativo. Carecerán de disco duro para reducir el peso y el precio, aunque tendrán una pantalla TFT de 20 centímetros, con una resolución de 1200 por 900 píxeles. Incorporará una pequeña memoria de 128 megabytes de RAM y 512 megabytes de memoria flash. Contará con cámara, micrófono y altavoces integrados y tres puertos USB. Además, el 2B1 se podrá utilizar como e-book (libro electrónico). El terminal tendrá una vida estimada de cinco años (…) y contará con un teclado hermético adaptado a los caracteres tipográficos de cada país. Dos pequeñas antenas a cada lado de la pantalla permitirán el acceso a redes inalámbricas (wi-fi) con un alcance mayor al de los portátiles normales. El teclado permite una doble opción donde los chicos podrán escribir y dibujar. La clavija del micro acepta otros dispositivos caseros, de manera que el usuario podrá enchufarlo y convertir el terminal en termómetro u osciloscopio. El aparato, construido por Quanta Computers y Red Hat, será rígido, con una carcasa de plástico de dos milímetros de grosor (a diferencia de los 1,3 milímetros normales) e incorporará parachoques interiores. Además, incluirá un software de sonido (Csound), muy versátil. Las baterías no contendrán metales pesados tóxicos y permitirán recargarlo con fuentes de energía alternativas”.

Todo un reto para Negroponte, el Instituto Tecnológico de Massachussets y para todos aquellos que siguen creyendo en la bondad de las tecnologías y cómo pueden convertirse en un instrumento de liberación personal y colectiva, al generar conocimiento como fuente suprema de la libertad y responsabilidad. Comprendo mejor que nunca una frase que me acompaña desde 1986, cuando la descubrí en boca de su autor, Negroponte, donde se hace explícita la capacidad inherente a la inteligencia digital: Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital.

Sevilla, 30/VIII/2006

La respuesta ya no está en el viento

Bob Dylan vuelve. Ha escogido para su nuevo álbum un título con reminiscencias cinematográficas de gran calado: Tiempos Modernos, aquella prodigiosa película que toda buena cinéfila ó presunto cinéfilo sabe valorar en su justa medida. Pero mi recuerdo no va hoy por esos derroteros. He recordado a Dylan por aquella hermosa letra de su canción, inolvidable: Soplando en el viento (Blowin´in the wind):

¿Cuántos caminos tiene que andar un hombre antes de que le llaméis hombre?
¿Cuántos mares tiene que surcar la paloma blanca antes de poder descansar en  la arena?
Sí, ¿y cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean  prohibidas para siempre?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?
Sí, ¿y cuántos oídos tiene que tener un hombre para que pueda oír a la gente gritar?
Sí, ¿y cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuántos años puede existir una montaña antes de ser bañada por el mar?
Sí, ¿y cuántos años deben vivir algunos antes de que se les conceda ser libres?
Sí, ¿y cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver lo que ve?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

cuando he conocido que el Profesor Stephen Hawking se ha decantado por una respuesta muy optimista –de las 25.000 que obtuvo- a la pregunta del millón de dólares que lanzó al ciberespacio en los primeros días de Julio del año en curso: ¿cómo sobrevivirá la especie humana los próximos 100 años? La solución escogida confía en el ser humano. Prodigioso. Queda claro que la respuesta no es inocente y alberga una gran esperanza respaldada por un sabio no distraído, sino pre-ocupado por el sentido de la vida y su futuro. La respuesta está en las personas. Así de expeditivo. Y la ha dado un internauta muy particular, Semi-Mad Scientist (científico casi loco), tal y como lo recoge como reportaje muy impactante el diario El País, en su edición de 24 de agosto de 2006: “el caos no es algo nuevo, sino que “ha estado con nosotros desde hace mucho tiempo”, y que, a pesar de todo, el ser humano ha logrado sobrevivir. Afirma que somos una especie que siempre se ha adaptado y que seguiremos haciéndolo. Aunque reconoce que ahora hay peligros nuevos e identifica tres amenazas graves: una guerra nuclear, una catástrofe biológica y el cambio climático. Está convencido de que “los recursos que tenemos ahora probablemente no existirán en 100 años”, pero añade que “tampoco existían en el siglo pasado”. El científico casi loco sostiene que si Europa sobrevivió a la peste negra del siglo XIV, que se llevó por delante a un tercio de la población, el ser humano logrará superar cualquier catástrofe que pueda ocurrir. Después, él mismo se interroga sobre su optimismo: “¿Que por qué tengo está fe en la humanidad? Porque debo tenerla. (..) Creo tan firmemente que sobreviviremos como que el sol saldrá mañana”. Si no hay fe en la supervivencia, no puede haberla en nada más, concluye”.

La respuesta, decididamente, ya no está en el viento. Desde aquél aprendizaje ilusionante de 1972, donde todos los progresistas tarareábamos la canción de Dylan, han pasado 34 años, en el convencimiento de que merecía la pena luchar por dar respuesta a aquellas preguntas tan llenas de interés en un país que buscaba la libertad deseperadamente. Aunque sigamos preguntándonos con una actualidad rabiosa cómo podemos responder aquellas nueve cuestiones a las que seguimos obligatoriamente obligados a atender a pesar del tiempo transcurrido. Aunque cuestionemos, cada vez más, el porqué de la separación entre las personas, barrios, y naciones del planeta Tierra en estos tiempos modernos, más o menos como el protagonista de la película del mismo nombre (estrenada hace setenta años) y cuya sinopsis nos recuerda la respuesta del científico casi loco que ha entusiasmado a Hawking: “un obrero de la industria del acero acaba perdiendo la razón, extenuado por el frenético ritmo de la cadena de montaje de su trabajo. Después de pasar un tiempo en el hospital recuperándose, al salir es encarcelado por participar en una manifestación, en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo, ayuda a controlar un motín por lo que gana su libertad. Una vez fuera de la cárcel reemprende la lucha por la supervivencia, lucha que compartirá con una joven huérfana que conoce en la calle”. Fe en la supervivencia.

Por primera vez, en homenaje a Chaplin, Dylan y Hawking, cualquier parecido con la realidad actual ya no es tampoco pura coincidencia.

Sevilla, 26/VIII/2006

Mozart, lloraría…

El artículo de Ángeles Caso contra la piratería (Magazine, 16/VII/2006), me ha traído un recuerdo de ayer, junto a unos grandes almacenes, donde el top-manta estaba presente a través de la mano de obra barata, probablemente de los que malviven en la idea buena de conocernos, personas de otros países que son carne de cañón para las redes mafiosas, a las que no vemos pero que se lucran con las ventas de piratería musical pura y dura, con compradores que se arremolinan paradójicamente alrededor de las sábanas blancas, que son recogidas con maestría absoluta, por las cuatro esquinas, cuando la policía está cerca.

Todos los vendedores son protagonistas de una canción triste, en este caso de Sevilla. Y ponen en sus manos la interpretación más dura del sinsentido del robo intelectual a mano armada, con la colaboración de aquellos que todo lo justifican, pero en la seguridad de que si alguien, alguna vez, les intentara copiar sus ocurrencias caería sobre ellos el insulto más procaz y el peso de la ciudad sin ley. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Y todavía no ha llegado este fenómeno a la música clásica, como consuelo de tontos. Mozart, desde donde quiera que esté, lloraría en su papel de Papageno, el protagonista por excelencia de “La Flauta mágica”, porque no sabría como encantar a pájaros que no hay por donde cogerlos…

Enviado a “Magazine” el 16/VII/2006

Superman vuelve

Cuando sabíamos todos que la Liga de la Justicia, a la que perteneció Superman, continuaba desactivada y que el terrorismo sigue campando por sus respetos,  hemos conocido a través de las Fuerzas Planetarias del Consumo que Superman vuelve para intentar salvarnos del peor enemigo (Magazine, 9/VII/2006). Creo que es una sabia estrategia americana, subliminal, ante el desastre de Irak, para intentar recuperar al reportero del Daily Planet, a ver si con sus poderes sobrenaturales, puede interpretar en claves periodísticas el libro de instrucciones de lo que pasa a nivel internacional para alcanzar una nueva estabilidad mundial.

Es curioso constatar cómo de forma recurrente necesitamos al héroe para que reinterprete la vida. No sé lo que ocurrirá con este Superman redivivo, pero todo apunta a que seguiremos intentando traducir los signos de los tiempos con la búsqueda de salvadores de la humanidad. Mientras, seguiremos huyendo de la auténtica pregunta interior que nos hace ser supermujeres y superhombres (en clave de superman) cuando la respondemos: ¿quién nos llevará de la mano, en el día a día, para agregar segundos de existencia mejor y más feliz? Si fuéramos más sensatos, no correríamos a las taquillas de “Superman vuelve”, porque allí no está la respuesta. Tampoco en el viento. Sólo, en el encuentro con la realidad de lo que somos, aunque los “supermanes” de nuevo cuño se asomen alguna vez por las ventanas de las dudas que todos llevamos dentro para intentar echarnos una mano.

Carta enviada a “Magazine el 9/VII/2006

Noche en Lusitania

Durante unos días he experimentado sensaciones históricas de la condición humana que supera fronteras y tiempos modernos. El pasado 11 de agosto, asistí al estreno de la obra “Viriato Rey”, de João Osorio de Castro, en el teatro romano de Mérida, donde pude compartir vivencias con la cercanía del expresidente de Portugal, Mario Soares y de muchas personas que en su condición de espectadores buscaban el paralelismo del sinsentido de las guerras ante los poderosos, como recogía una noticia de agencia (EFE) del día siguiente: “Roma y sus malas artes doblegaron de nuevo a Viriato en Mérida, pero no lograron aplacar el ansia de tregua, diálogo y paz del héroe lusitano que consiguió dejar una estela de esperanza en la condición humana, pese a las marchas triunfales de los vencedores”.

Suena como muy actual este mensaje y la representación dejó en el auditorio sensaciones suficientes para la reflexión en tiempos de guerra. Los cuarenta y cinco actores mostraron un esfuerzo especial para hacer llegar el teatro clásico a la experiencia sentida y vivida en el cada día que nos acompaña. La escena inicial, donde la desnudez de la verdad y de la inocencia de la niña-guerrero deja paso a lo largo de la obra, al auténtico amor y a la carga que supone la lealtad, culmina con un final de la más pura tragedia romana al uso.

Estuve muy expectante con la aparición de un amigo de juventud, Roberto Quintana, en el papel de Quinto Servilio Cepión, cónsul romano, embaucador, que supo comprar lealtades y traiciones, anulando tratados de paz con risa sardónica: Roma no paga a traidores. Me gustó mucho su interpretación, aunque sentí no poder saludarle al finalizar la representación. Roberto me trajo muchos recuerdos, sobre todo cuando compartía con él ilusiones, proyectos de vida y algún que otro reparto teatral.

Me impresionó la participación de la mujer en la gran obra de Viriato. Así lo simboliza el autor de la obra, João Osorio: “Un coro de mujeres lusitanas, presente durante toda la obra, apoyará el combate de Viriato, aprobando o condenando el comportamiento de los distintos personajes, comentando la esperanza que otorgan los dioses con sus treguas o el temor de los inminentes infortunios que deben afrontar además de un justo elogio a la mujer en su abnegada tarea de “compañera del hombre”.

Viriato lo intentó. Roma lo impidió. La inocencia se inmoló. ¿Por qué? La respuesta quedó clara y evidente, en una noche lusitana: la paz nunca será posible mientras suenen cerca las marchas de los supuestos triunfadores.

Gocé con el espectáculo. Así lo pedía el autor en sus palabras de presentación. 

Sevilla, 14/VIII/2006