Sin ellas nada hubiera sido lo mismo

MERCEDES Y GABO

Sevilla, 16/VIII/2020

A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un baile de estudiantes, y cuando ella tenía solo trece años, le pedí sin más vueltas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo esporádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o temprano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que esperaba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún momento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pena. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: «También el amor se aprende» (1).

Los medios de comunicación se han hecho eco del fallecimiento ayer de Mercedes Barcha, conocida cariñosamente como la Gaba, la que fuera compañera inseparable de Gabriel García Márquez, después de haber compartido con él 56 años de sus vidas. La historia se repite y es justo reconocer hoy el papel que desempeñó en la vida literaria del escritor colombiano, no sólo como fuente de inspiración reconocida por todo el mundo en Cien años de soledad, como Mercedes la boticaria, sino la que siempre llevó la administración de la casa hasta límites insospechados, como empeñar bienes propios, calentador, secador de pelo y la batidora, para poder pagar el envío postal de su excelsa obra a una editorial para su posible publicación, porque no tenían dinero para hacerlo en su totalidad de páginas en el primer envío, truncado por la mitad, hasta donde les llegó el dinero. Esta es la parte material de su vida en común, pero ella fue mucho más: la que siempre estaba allí donde Gabo la necesitaba, en un sempiterno segundo plano de su realismo mágico personal. Así, cincuenta y seis años ininterrumpidos desde aquél precioso encuentro en Sucre.

He recordado inmediatamente el papel que jugó también en la vida de otro premio Nobel, Juan Ramón Jiménez, su compañera ejemplar, Zenobia Camprubí Aymar. La conocí por sus excelentes traducciones de Rabindranath Tagore cuando era niño (Pájaros perdidos) y también en la adolescencia inquieta: Zenobia Camprubí, la excelente compañera de vida de Juan Ramón, la enamorada impenitente de una persona extraordinaria en su realidad existencial, difícil, desaforada, extraña, alejada de un siglo en el que estaban obligatoriamente obligados a vivir y entenderse.

Zenobia Camprubí Aymar, mujer ejemplar en etapas de la vida “nacional” que nunca se tendrían que haber escrito, ha representado a la inteligencia creadora y comprometida de las mujeres del segundo plano, de aquellas que han dejado todo, en el pleno sentido de la palabra, para acompañar el éxito de sus parejas masculinas, en el que la retroalimentación ha sido en el mayor número de ocasiones un auténtico calvario de vaciamiento existencial. Y creo que la conocí mucho mejor en mis múltiples visitas a la Casa Municipal de Cultura “Zenobia y Juan Ramón”, en Moguer (Huelva), pueblo en el que viví algunos años (1976-1978) por temporadas, en el Hotel Fuentepiña, edificio desaparecido hoy en su función hotelera y recuperado para el pueblo, afortunadamente. En aquella Casa de Zenobia y Juan Ramón, el guía que la atendía con dedicación y primor, Pepito, siempre repetía las mismas frases de ternura hacia Zenobia, cuando subíamos a la primera planta y entrábamos en su habitación dormitorio: “qué guapa, verdad, siempre se dedicó a atender a Juan Ramón, porque él creía que siempre estaba enfermo”. Allí había un cuadro, con una fotografía de esta excelente mujer y para ella eran las palabras más cálidas de la visita. Tengo que reconocer que allí empezó mi interés por conocer su apasionante vida. Gracias a Pepito, enamorado de la obra y vida del matrimonio Jiménez-Camprubí, que en una de mis últimas visitas a Moguer, me enseñó con gran orgullo el perejil de plata que le habían entregado en la excelente Fundación Juan Ramón Jiménez, y que muchas veces me había sellado los libros que compraba en ediciones que casi nadie quería, pero de un valor incalculable por ser primeras ediciones, con las firmas autógrafas de Zenobia Camprubí de Jiménez y Juan Ramón Jiménez.

Zenobia vivió con dedicación plena a Juan Ramón, como Mercedes lo hizo durante 56 años con Gabriel García Márquez. Recuerdo de nuevo unas palabras que Andrés Trapiello dedicó en 2006 a Zenobia, con motivo de la publicación del tercer tomo de su Diario: “estamos ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Es una gran desconocida para el gran público porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, pero la lectura de su obra diaria permitirá recuperar la autenticidad y grandiosidad de esta mujer culta, inteligente, sensible, compañera, amiga y enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”.

María Teresa León, la musa de Rafael Alberti, manifestó en un determinado momento de su vida que ella se había convertido en una cola de cometa, porque admiraba a Rafael y pensaba que era un genio absoluto, poniéndose detrás de él. Si había que priorizar una carrera, fue la de él, algo que sucedió a muchas mujeres en una de las dos Españas que en el siglo pasado nos helaba siempre el corazón. Al buen entendedor de olvidos, con pocas palabras basta. Ellas, hoy, lo merecen todo, en letra grande, con emoción política y con la dignidad de la memoria histórica que merecen. Con melancolía.

Ahí está la clave del éxito de Gabo, Juan Ramón Jiménez y Alberti, como ejemplos del papel que desempeñaron sus compañeras de viaje literario: sin ellas, nada hubiera sido lo mismo. En el caso de Gabo, porque su auténtica musa tenía un nombre sugerente siempre: Mercedes. Una metáfora de amor que duró mucho tiempo porque desde sus años jóvenes compartieron una lección de vida que no olvidaron en su largo caminar: el amor también se aprende.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.elsoldemexico.com.mx/cultura/gabriel-garcia-marquez-mercedes-barcha-anecdota-cien-anos-de-soledad-5630800.html

(1) Las palabras que encabezan este artículo narran la historia de amor entre Gabo y su esposa Mercedes Barcha, contada por el propio escritor colombiano en “El olor de la guayaba”, en una entrevista concedida al periodista Plinio Apuleyo Mendoza: https://fundaciongabo.org/es/noticias/articulo/una-metafora-de-amor-que-se-convirtio-en-realidad-la-historia-de-gabriel-garcia

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.