Lluviosos y otoñabundos

Sevilla, 23/IX/2020

Le ocurrió a Neruda cuando volvió a Chile después de haber andado muchos caminos y abierto muchas veredas, navegando en cien mares y atracando en sus riberas, regresando a su casa de Isla Negra para encontrarse con sus juguetes grandes, los mascarones y mascaronas de proa. Allí nacieron los sesenta y ocho poemas de Estravagario, en lo que él llamó su periodo otoñal, representado por su Testamento de Otoño, donde escribió que él era un hombre lluvioso y alegre / enérgico y otoñabundo.

Iniciando esta estación, en la que navego siempre con mi cuaderno de “derrota”, en lenguaje marino, en busca de islas desconocidas que localizo de vez en cuando en mi vida, encuentro a modo de guía este testamento de Neruda, que me aproxima a realidades de un otoño muy particular que se llueve y se moja como los demás. Esta estación me lleva a pedir silencio, en la clave de su poema, Pido silencio, abriendo su Estravagario, en el que descubrimos que necesitamos estar tranquilos, repasando las cinco cosas o raíces que él quería, el amor sin fin, el grave invierno, la lluvia, los ojos de Matilde y poder ver el otoño: No puedo ser sin que las hojas / vuelen y vuelvan a la tierra, porque los días de esta estación se caen también como esas hojas amarillas y seca que ahora nos acompañan y suenan al pisarlas sin compasión, como quejándose del trato humano. Era cuanto quería, casi nada y casi todo.

El Testamento de Otoño es un conjunto armónico de versos, que cierran el Estravagario creado en su Isla Negra, en un momento de su vida adulta en la que reconsidera cuanto ha hecho y sentido. Así lo formula en su poema, marcando unas pautas a modo de confesión por lo vivido, lo que deja y lo que espera a través de su condición y predilecciones, identificando a sus enemigos y anunciándoles su herencia, declarando otros sectores a los que también incluye, contestando a algunos bien intencionados, preguntándose también a quién destina sus penas y cómo se olvida de sus penas y tristezas al triunfar sobre el odio, haciendo una declaración impecable de cómo se puede triunfar sobre él, dirigiéndose finalmente, con arrobamiento, a su amada, Matilde Urrutia.

Hay que leer el poema completo para comprender su momento existencial al escribir palabras que son una lección de cómo podemos hacer un alto en el camino en este Otoño y preguntarnos qué huellas estamos dejando en nuestra vida. Utilizo a modo de guion existencial sus palabras y descubro sugerencias maravillosas para saborearlas como persona lluviosa y otoñabunda que soy, porque a veces navegamos en mares procelosos como vagabundos de alma inquieta. Siguiendo la estructura de su Testamento de otoño, me quedo con las siguientes declaraciones de principios: mi corazón no tiene tregua, porque donde menos me esperan / yo llegaré con mi equipaje / a cosechar el primer vino / en los sombreros del Otoño. Me acomodo como el viento en este otoño con las hojas más amarillas:

A lo largo de los renglones / habrás encontrado tu nombre, / lo siento muchísimo poco, / no se trataba de otra cosa / sino de muchísimas más, / porque eres y porque no eres / y esto le pasa a todo el mundo, / nadie se da cuenta de todo / y cuando se suman las cifras / todos éramos falsos ricos: / ahora somos nuevos pobres.

En relación con nuestros probables enemigos, Neruda nos enseña a identificarlos en la vida diaria porque cada uno vive su exilio interno y externo: Dejo pues a los que me ladraron / mis pestañas de caminante, / mi predilección por la sal, / la dirección de mi sonrisa / para que todos lo lleven / con discreción si son capaces: / ya que no pudieron matarme / no puedo impedirles después / que no se vistan con mi ropa / que no aparezcan los domingos / con trocitos de mi cadáver, / certeramente disfrazados. / Si no dejé tranquilo a nadie / no me van a dejar tranquilo, / y se verá y eso no importa: / publicarán mis calcetines.

Sobre todo, me interesan sus palabras a los bien intencionados, a los que cuesta a veces identificar entre los más próximos: Me preguntaron una vez / por qué escribía tan oscuro, / pueden preguntarlo a la noche, / al mineral, a las raíces. / Yo no supe qué contestar / hasta que luego y después / me agredieron dos desalmados / acusándome de sencillo: / que responda el agua que corre / y me fui corriendo y cantando. Continúa con una declaración de su herencia, precisamente a los que más le odiaban por su ideología: Al odio le dejaré / mis herraduras de caballo, / mi camiseta de navío, / mis zapatos de caminante, / mi corazón de carpintero, / todo lo que supe hacer / y lo que me ayudó a sufrir, / lo que tuve de duro y puro, / de indisoluble y emigrante, / para que se aprenda en el mundo / que los que tienen bosque y agua / pueden cortar y navegar, / pueden ir y pueden volver, / pueden padecer y amar, / pueden temer y trabajar, / pueden ser y pueden seguir, / pueden florecer y morir, / pueden ser sencillos y oscuros, / pueden no tener orejas, / pueden aguantar la desdicha, / pueden esperar una flor, / en fin, podemos existir… (con unas palabras finales que no reproduzco para no herir la sensibilidad del lector o lectora).

Finaliza con unas palabras de amor hacia Matilde Urrutia, una compañera de vida en momentos difíciles, que resumo en versos inolvidables: Mi amor es un niño que llora: / no quiere salir de tus brazos, / yo te lo dejo para siempre: / eres para mí la más bella, recordándonos que él era un hombre lluvioso y otoñabundo: Es el alto otoño del mar / lleno de niebla y cavidades, / la tierra se extiende y respira, / se le caen al mes las hojas. / Y tú inclinada en mi trabajo / con tu pasión y tu paciencia / deletreando las patas verdes, / las telarañas, los insectos / de mi mortal caligrafía. Más adelante, pronuncia la declaración de la deuda eterna: Te debo el otoño marino / con la humedad de las raíces / y la niebla como una uva /y el sol silvestre y elegante […].

Leer este poema nos ayuda a comprender mejor esta estación que invita a la reflexión y algo mágico en nuestras vidas: analizar las huellas que dejamos e identificar lo que más amamos. Al fin y al cabo, nos damos cuenta de que somos seres lluviosos y otoñabundos, sobre todo cuando contemplamos cómo se le caen a este otoño las hojas vivas, los días, casi sin darnos cuenta.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://fundacionneruda.org/biografia/


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José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.