La mirada cinematográfica de Carlos Saura nunca fue inocente

Detalle de los ojos de Ana Torrent en Cría cuervos

Santa Eulalia del Río (Ibiza), 10/II/2023

Acabo de recibir una noticia que me sobrecoge en mi persona de secreto: ha fallecido Carlos Saura, uno de mis directores de cine preferidos, con el que crecí en democracia. Le debo algo importante en mis años jóvenes, recordando también a Cliff Richard, al abrirme los ojos ante una realidad de España que me helaba el corazón. Sus primeras películas me permitieron comprender que otra España era posible si se avanzaba en democracia. Tengo claro hoy, más que nunca, que su mirada cinematográfica escondía una ideología, no inocente, que me aportó razones de la razón y del corazón para luchar por las libertades, en un país que las necesitaba para que las personas pudiéramos ser y estar de otra forma en la vida de cada uno y de todos.

Tampoco olvido mi etapa de profesor, en la que me preocupaba de mostrar el cine de Saura a mis alumnos, cuidando el ciclo completo de amor a su cine de compromiso social cuando, por ejemplo, alquilaba La caza, en 16 milímetros, una obra emblemática suya, para actuar como proyeccionista, cuando era necesario, y moderador del casi siempre encendido debate posterior.

Vuelvo a publicar una reflexión que figura ya en este cuaderno digital, sobre las ideologías, que Saura reflejó muy bien en una película de culto, Cría cuervos, que no olvido. Es una forma muy sencilla de agradecerle todo lo que aprendí de su cine en tiempos revueltos de este país. Sólo eso.

La mirada de Ana Torrent escondía una ideología

Ayer crucé mi mirada de nuevo con la de Ana Torrent (Madrid, 1966) en la película Cría cuervos, leyendo una entrevista a la actriz por parte de un periodista excelente, Manuel Jabois, en el diario El País. Aquel primer trimestre de 1976, año de su estreno, fue muy especial en mi vida de secreto y la película de Carlos Saura removió la moviola de mi pasado y presente en ese momento, sobre todo porque iniciaba un futuro desconcertante. No la olvido, ni tampoco la mirada inquietante de Ana, con unos ojos negros inmensos y el enigma de sus silencios, incluso en el baile con los compases de la canción de José Luis Perales e interpretada por Jeanette, ¿Por qué te vas?, que también forma parte de la banda sonora de mi vida. La pregunta siempre es inquietante, como la mirada de Ana Torrent, ante lo que queremos, creemos y se marcha de nuestras vidas. De ahí mi agradecimiento hoy, Ana, al cruzar mis ojos con tu mirada de entonces.

Cuarenta y cinco años después, hago un repaso de la intrahistoria de este país y vuelven a resonar aquellos compases, arropados por una letra que tampoco he olvidado: Bajo la penumbra de un farol / se dormirán / todas las cosas que quedaron por decir / se dormirán. Lo hago de nuevo porque la pregunta la tengo asociada a las ideologías, que están desaparecidas del escenario mundial y, obviamente, de nuestro país, situación que ya he tratado en este cuaderno digital en varios momentos de su existencia y que rescato hoy por su pertinencia en los tiempos que corren. Es curioso constatar que sólo unos días antes de que entráramos de lleno el año pasado en el confinamiento de la pandemia, concretamente el 29 de febrero de 2020, escribí una reflexión sobre estas cuestiones, que considero de Estado, bajo el título Ideología para transformar la sociedad: ¿por qué te vas?, que conserva plenamente su actualidad sin cambiar apenas una coma. Juzgue usted, lector o lectora de estas líneas:

Estamos atravesando una crisis importante de ideologías. No son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a cambiar ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta.

Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

Estas razones anteriores me han recordado una pregunta que hice en un post que escribí en este cuaderno digital en 2015, Ideología, ¿por qué te vas?, que vuelvo a publicar a continuación. Creo que mantiene su vigencia en su fondo y forma. Tenemos derecho a soñar despiertos y las ideologías de izquierda siguen siendo imprescindibles para transformar este mundo que a muchos no nos gusta. 

Geraldine Chaplin y Ana Torrent en Cría Cuervos, dirigida por Carlos Saura

Ideología, ¿por qué te vas?

Tengo asociada esta pregunta a la escena de Cría cuervos, excelente película de Carlos Saura, que se estrenó dos meses después de la muerte de Franco, en la que Ana (Ana Torrent) la bailaba con sus hermanas. Es probable que los censores no comprendieran el trasfondo de la película que jugaba con el retrato político de España en esos momentos. La he recordado hoy al conocer la investigación científica que se ha desarrollado por la Universidad de Washington en la que se ha descubierto que los cuervos aprenden cuando a un miembro de su especie no le van bien las cosas: “La presencia del cuervo muerto podía decir a los otros pájaros que un lugar es peligroso y debería visitarse con precaución. Los graznidos ruidosos que emiten los pájaros podrían ser una forma de compartir información con el resto del grupo”.

Me ha parecido una metáfora que se puede aplicar a las personas y sus creencias políticas que se ausentan de nuestras vidas y de nuestros proyectos vitales e ideológicos, donde nadie es imprescindible, aunque a veces sí necesarios, porque los seres humanos pertenecemos a ese club selecto de atención a lo que ocurre alrededor de la muerte y sólo nosotros sabemos qué ocurre cuando desaparecen las ideologías. Deberíamos aprender de esta situación y de sus circunstancias, por qué no están, por qué se fueron o los echaron, por qué les corrompió la política y murieron para la decencia y la dignidad y por qué no dejan pasar a personas más jóvenes, más dignas, que saben cambiar las cosas en este momento en el que hay muchas cosas que cambiar. Así podríamos compartir la información veraz con los miembros de nuestros grupos humanos más queridos, para no volver a pisar caminos que no se deben andar.

Cualquier parecido de esta reflexión política con la realidad actual, no es como en el cine pura coincidencia. Aunque recuerde ahora a Carlos Saura escuchando esta canción de Jeanette como telón de fondo de una situación de España que como a él, en 1975, me agrada cada vez menos. Es la ideología, pero ¿por qué se va?

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Sigo caminando en belleza para que todo en belleza acabe

Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en El cazador de historias.

Sevilla, 6/II/2023

En 2021 escribí el artículo que reproduzco a continuación, «Camino en belleza para que todo en belleza acabe», como homenaje a las palabras que nos conducen a crear belleza, porque la vida así es, bella, cuando adoptamos una postura de asunción del principio de realidad y dedicamos la inteligencia a su fin fundamental: solucionar problemas que enturbian esa belleza diaria que la vida contiene. Ayer me sorprendieron las numerosas entradas en este blog, rescatando aquellas palabras de Galeano en su libro «El cazador de historias», que hoy vuelvo a reproducir, porque estamos necesitados de recordar estancias breves en islas desconocidas y bellas, que nos aportan tanto.

Para respetar la esencia de aquellas palabras, las he dejado intactas, aunque el hilo conductor del texto, en su contexto, era fijar una ruta no inocente ante la llamada «nueva normalidad», saliendo del túnel de la pandemia, de la que ya nos acordamos muy poco, así como de lo aprendido en la misma. Lo que pretendo es aportar esperanza en los términos expuestos por Galeano en su obra, sobre todo cuando dice que «las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur», de España y Andalucía, en este caso.

Frecuentando este cielo del sur, he recordado ahora que también tenemos el deber de aportar belleza en la vida, algo que nos enseñó un poeta andaluz del siglo XVIII, Dionisio Solís, cordobés por más señas, que se formó en esta ciudad, Sevilla, dejándonos un ejemplo precioso sobre «decir bellezas», escribirlas también, tal y como lo recoge mi preciado Diccionario de Autoridades, algo de lo que estamos también muy necesitados, porque quien busca belleza la encuentra y quien la recibe, la entrega. Es a través de una seguiriya, Al retrato de una dama, cuando lo dice todo a los escuchaores del Sur: Al retrato de Anarda, / todos atiendan, / que aunque yerre las coplas / diré bellezas. Decirlas es «hablar oportunamente, con gracia y donaire sobre alguna materia, o discurrir con erudición y primor: como se suele decir de un gran Orador o de un hombre discreto y docto, que ocasionan deleite en los que los oyen discurrir y hablar».

Momentos como los que estamos viviendo en este país, nos alejan de la belleza, encanto y alegría, una secuencia existencial necesaria, dañada continuamente por la política contaminada de algunos partidos, que nos asola sin compasión alguna. En estos tiempos de turbación general, una mudanza metafórica que me permito, escapando de la recomendación de San Ignacio, es visitar por Internet el Hermitage y contemplar allí Las Tres Gracias de Canova, en su primera versión, que representan la belleza, el encanto y la alegría, porque existen a pesar de todo. Un escultor lo representó de forma maravillosa y cada uno de nosotros, al esculpir nuestra propia vida, podemos dar forma a nuestra forma de ser y estar en el mundo aprendiendo de este modelo y de la secuencia existencial que nos transmite. No hay que olvidar que la vida es bella, que tiene su encanto, aunque reconozco que «somos tristeza / por eso la alegría / es una hazaña» (Mario Benedetti, Rincón de Haikus, 132).

Camino en belleza para que todo en belleza acabe

Hoy, como casi todos los días cuando me pongo a escribir sobre la página en blanco, he tomado conciencia de algo que aprendí de Eduardo Galeano leyendo su precioso libro, El cazador de historias: “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar. Las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur. Las palabras caminan latiendo. Y en esos días, por pura casualidad, me entero de que en lengua turca caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek) (1).

En la serie que dediqué este verano a Eduardo Galeano, bajo el epígrafe “El buscador de historias”, comencé esa andadura con unas palabras dedicadas a los caminantes del mundo, en las que decía que él había escrito ese libro a modo de testamento espiritual, porque “a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo [que da título a estas palabras] y que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas”.

Caminar y buscar se funden en un abrazo de la vida que me acompaña todos los días para seguir caminando el mundo en el que vivo, estoy y soy. Siento como mías las palabras de Galeano, porque en cada camino y búsqueda diaria del sentido de la vida, las palabras caminan también en mis adentros, “en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar”, como me ocurre ahora mismo al teclearlas y dejarlas con su vida adentro. Sé que ellas viajan sin apuros, porque caminan latiendo, sobre todo cuando ya sé que en nuestros antepasados turcos, caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek).

En la orilla que me encuentro en la actualidad, en la singladura que inicié hace unos días para seguir buscando islas desconocidas de esperanza, en un mundo terco que se encarga a diario de arrebatárnosla, considero que Galeano me acompaña para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de esta pandemia nos acercamos a una isla especial que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos: el principio esperanza, que se inspira en el camino de la belleza que puede presentarse en la vida de cada uno cuando nos lo proponemos: Que en belleza camine. / Que haya belleza delante de mí / y belleza detrás / y debajo / y encima / y que todo a mi alrededor sea belleza / a lo largo de un camino de belleza / que en belleza acabe. Él lo cuenta de una forma especial al detallarnos la historia de la tribu Pawnee, junto al río Platte, en el relato Las Estrellas (2), del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo que late a través de la palabra, que nos queda y… además, es bella:

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.
Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.
Y quisieron conocerse.
La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.
Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.
Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.
Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo
.

(1) Galeano, Eduardo, El cazador de historias, 2016. Barcelona: Siglo XXI España.

(2) Galeano, Eduardo, Ibidem, p. 20.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Nuestro cerebro se podrá jaquear

Sevilla, 3/II/2023

Es una evidencia científica comprobable que el cerebro se puede hackear (utilizaré de aquí en adelante la acepción en español jaquear, porque así lo recoge ya el Diccionario de la lengua española de la RAE), definiendo la palabra como “Introducirse de forma no autorizada en un sistema informático” que, aplicado a la cuestión que trato hoy, se podría entender como “Introducirse de forma no autorizada en el cerebro humano”. El asunto es de importancia trascendental y muestra de ello es que se ha celebrado recientemente, en Santiago de Chile, un encuentro denominado Congreso Futuro, Sin límite real, en el que ha participado la doctora Divya Chander, experta en neurociencia, en el Bloque 22, con la denominación de “Cómo lo hacemos. Desatar los límites”, alertando sobre el desarrollo de las interfaces cerebro-máquina (BCI), “porque están modificando lo que significa actualmente ser humano. “Estamos redirigiendo la especie humana. Todo lo que nos implantamos cambia el cerebro”, sostiene la presidenta de Neurociencia de la Singularity University, la universidad de Silicon Valley”, según recoge una entrevista muy interesante publicada en el diario El País. Ante la pregunta de si somos jaqueables, algo que afirma rotundamente la doctora Chander, responde lo siguiente: “Sí, hay dos formas en que podemos ser hackeados. Una es a través de un aparato electrónico de uso personal, como tu teléfono o computadora. Puedes tener información que deseas proteger y que alguien encuentre la manera de acceder y tomar esos datos o escuchar algo que no quieres. Si tienes un dispositivo implantable, como puede ser una interfaz cerebro-máquina o un desfibrilador cardíaco, la señal puede ser secuestrada, al igual como se puede hurguetear en tu móvil. Es como un tipo muy básico de piratería electrónica digital. La otra forma realmente interesante es intervenir el circuito neuronal y cambiarlo o mover patrones de aprendizaje y memoria. Eso es aún más extraño y aterrador, pero no digo que estemos en ese punto de Matrix”.

Después de narrar experiencias actuales para mostrar los avances científicos en estas interfaces cerebro-máquina, la doctora Chander responde a una cuestión esencial, ¿Qué cree usted que va a pasar? Con una visión a la que denomina “distópica”: “Creo que estos movimientos pro interfaces cerebro-máquina, mejora cognitiva, miembros biónicos, etc. van a hacer uso de estas tecnologías. Ellos estarán en un extremo. Luego, en el medio, habrá personas que no sabrán cómo se sienten al respecto, pero que encontrarán genial que se usen para sanar a pacientes. Y en el otro extremo estará el grupo que diga ‘Vine a la tierra de esta manera. Así me hizo Dios. No me toques. Esto es moralmente incorrecto’ ¿Qué va a pasar? Un grupo lo va a hacer y se volverá increíblemente poderoso. Van a mejorar cognitiva y físicamente. Y el grupo del otro extremo se va a quedar rezagado. Y habrá guerras y terrorismo entre los dos polos y unos tratarán de subyugar a otros”.

He abordado los problemas expuestos anteriormente a lo largo de muchos años en este cuaderno digital, básicamente desde una postura de defensa de la ética digital, que existe, pero respetando como paso previo inexcusable la existencia de una ética cerebral. Así lo expuse con carácter divulgativo en mi libro Origen y futuro de la ética cerebral, publicado en 2014, donde en su prólogo afirmaba lo siguiente: “Siempre hay razones de la razón, mucho más que del corazón, para reflexionar sobre el fundamento de las razones éticas que justifican las decisiones humanas, sobre todo en una época histórica en la que los llamados “valores” están en entredicho o simplemente arrinconados por la sociedad que nos ha tocado vivir. También, porque todas las religiones, sin excepción alguna, están pasando una factura a la historia en plena crisis de sus fundamentalismos, que intentaban e intentan justificar la razón última de todas las cosas, de todos los actos humanos. Y cuando se habla de valores hay que acudir irremediablemente a la razón de esos actos humanos, la que los justifica, en una búsqueda que tenga sentido. No hacemos nada porque nos da la gana o porque hemos nacido así, sino porque siempre hay una causa, consciente o inconsciente, que nos lleva a actuar de una determinada forma o de otra, desde la perspectiva ética de cada uno. Tradicionalmente, se ha analizado esta situación como un auténtico problema ético y esa es la palabra, ética, la que intento desentrañar en los artículos que bajo el formato de post, se incluyen en este libro, previamente seleccionados de mi blog www.joseantoniocobena.com, que a lo largo de ocho años he escrito yendo del timbo al tambo, en una frase preferida y muy querida por Gabriel García Márquez. No he querido escribir un tratado de ética, pero sí ensayar una reflexión compartida de la razón y del corazón, que siempre coexisten, para abordar una tesis que me acompaña en mi persona de secreto desde hace ya muchos años. Se trata, nada más y nada menos, de intentar descubrir que los actos humanos nacen siempre de la solería que hemos ido instalando a lo largo de la vida en nuestro cerebro, es decir, el suelo firme que hemos construido en la vida diaria, que justifica todos los actos humanos, en frase muy feliz del Profesor López Aranguren, que aprendí hace también muchos años, pero que nunca logré comprender bien hasta que descubrí qué es el cerebro y qué papel juega en nuestras vidas y en su proyección ética. Esta es la razón de ser de este libro, entregar a la Noosfera, a la malla pensante de la humanidad, es decir, a aquellas personas que lo quieran leer con pre-ocupación [sic] e interés social, unas reflexiones que demuestran que el cerebro es la base donde residen todos los actos humanos, el lugar donde se forja la historia de cada uno, su intrahistoria, en una estructura cerebral que se llama hipocampo, por ejemplo, y entre muchas otras como podrán comprobar, que trabajan incansablemente con independencia de lo que queramos hacer y entender cada día. Espero que les sea útil. Cada capítulo engloba una serie de reflexiones, con formato de artículo y con base científica en su mayor parte, para que no se convierta en un libro de autoayuda al uso, sino de conocimiento de lo más preciado que tenemos como seres humanos: la inteligencia que se desarrolla a lo largo de la vida en nuestro cerebro, que es único e irrepetible y que nos juega siempre buenas y malas pasadas, a través de unas estructuras cerebrales que condicionan la amplitud de nuestro suelo firme en la vida, lo que llamaba anteriormente «solería” de nuestra vida, o lamas de parqué en términos más modernos, puestas una a una a lo largo de nuestra existencia, dependiendo de cada experiencia construida en el cerebro individual y conectivo, que es la razón que nos lleva a ser más o menos felices. Además, con proyección específica en el mundo real en el que vivimos, en la inteligencia digital. Al fin y al cabo, es lo que pretende el cerebro siempre: devolver en su trabajo incansable, porque nunca deja de funcionar, ni de noche ni de día, es más, durante la noche sobre todo, la razón lógica del funcionamiento de las neuronas, un trabajo maravilloso y que espero que este libro ayude a conocerlas bien, para justificar nuestro origen y futuro humano, el comportamiento de género, la influencia diaria y constante en la inteligencia y en el compromiso para que el mundo propio y el de los demás merezca la pena vivirlo, compartirlo y habitarlo”.

No sé si he aclarado bien mi posición en relación con los jaqueos del cerebro, una estructura tan compleja y maravillosa que ofrece una identidad única a cada persona, a lo largo de su vida, su suelo firme, su ética para actuar en busca de la gran misión de la inteligencia humana: resolver los problemas del día a día, ayudados, eso sí, por la inteligencia digital, la que usa de forma racional las tecnologías de la información y comunicación para estar informados, no permitiendo intrusiones salvajes aunque lleven apellidos científicos y éticos; también, para ser más libres y emitir juicios bien informados.

Encuentros como Congreso Futuro, Sin límite real, celebrado el pasado mes de enero en Chile, son fundamentales para el debate científico y humano sobre nuestro presente y futuro. En cualquier caso, estamos avisados, entre otros científicos, por la doctora Divya Chander. Es lo que hoy, siguiendo a Ítalo Calvino, quería dejar claro cuando me he enfrentado a la pantalla en blanco de mi ordenador: compartir con la malla pensante de la humanidad, la Noosfera, algo esencial, que el cerebro no se debería jaquear, amparado por legislación digital específica y con alcance universal, como derecho humano, aunque estoy convencido de que en un día no muy lejano será posible hacerlo.

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UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

La música vence a la guerra

La Orquesta Sinfónica de Kiev, dirigida por Luigi Gaggero, en la 35ª Cumbre de la OTAN en Madrid, celebrada el 29 de junio de 2022

Sevilla, 2/II/2023

Conocí la situación que atraviesa en la actualidad la Orquesta Sinfónica de Kiev, durante la Cumbre de la OTAN en Madrid, en el pasado mes de junio de 2022, en la que interpretaron, en un escenario artístico por excelencia, el Museo del Prado, la Sinfonía número uno, de Maksym Berezovsky (1770-1772), un compositor desconocido en nuestro acervo musical pero que fue discípulo del mismo maestro que tuvo Mozart, el padre Martini. Hoy he leído una reflexión magnífica de Jesús Ruíz Mantilla, El sonido de la esperanza, a quien sigo de cerca en el diario El País desde hace ya muchos años, para aprender de su maestría literaria, en la que afirma lo siguiente: “varios de los músicos acabaron llorando. Aparte del efecto que pudieran tener sobre ellos Goya, Velázquez, Murillo, Rubens, El Bosco o Tiziano, sintieron que toda la pesadilla que habían experimentado desde que en febrero Rusia invadió Ucrania revertía su sentido en un fin. Su propia lucha, su frente de instrumentos en vez de armas”. Fue una ocasión para descubrir, una vez más a lo largo de los siglos, que la música vence a la guerra. Hay que tener en cuenta algo importante que ha manifestado el responsable artístico de la orquesta: “Aunque los hombres no pueden abandonar el territorio, el Ministerio de Cultura ha entendido que el papel simbólico que juega la orquesta resulta fundamental. Es mejor que los músicos empuñen instrumentos en vez de armas y lo han comprendido perfectamente”.

En los próximos días, 9 a 11 de febrero, la Orquesta va a participar en el 39 Festival Internacional de Música de Canarias, en el que interpretarán obras que representan la identidad cultural de su país, según se puede leer en el programa oficial del evento. Han programado, junto con la obra anteriormente citada, la Sinfonía número uno, de Maksym Berezovsky, la presentación del Concierto para arpa y orquesta de Reinhold Glière, compuesto en 1938 por quien fuera maestro de Prokófiev y como tercera y última obra la Sinfonía número tres de Borís Liatoshinski (Yitomir, 1895-Kiev, 1968), que da sentido a su razón de ser y estar en el mundo en este momento por el título que el compositor dio a su obra: La paz vence a la guerra, de la que se conoce también algo que persigue a Ucrania desde hace tiempo, la sombra de Stalin porque obligó al compositor a cambiar el final de su Sinfonía, aunque la que van a interpretar en Canarias es la original, para dejar cada obra en su sitio. Es un pequeño detalle, pero muy significativo en relación con el momento actual que están viviendo estos músicos y sus familias y amigos.

El director actual de la orquesta, Luigi Gaggero, ha manifestado algo sobrecogedor: “Las circunstancias, con toda lógica, podrían llevar a pensar que tienen la cabeza en otro sitio. Todos los días reciben malas noticias por parte de sus familias y amigos, viven una pesadilla lejos de sus hogares; sin embargo, el grado de concentración en cada ensayo me resulta asombroso. Una auténtica lección, lo dan todo y llevan la música a su sentido más profundo, no el del simple entretenimiento, como muchas veces vemos en Occidente, sino al de aquel que nos hace ahondar en los secretos de la vida y la muerte”.

En la sinopsis oficial de la orquesta que ofrece la organización del Festival, se dice algo que resulta conmovedor en estos momentos de invasión de Ucrania: “Otra parte del trabajo de la Orquesta Sinfónica de Kiev son los proyectos para niños y jóvenes, que incluyen eventos interactivos, ensayos generales de libre acceso, espectáculos sinfónicos con animación audiovisual de arena. Además, el equipo de la orquesta involucra a los estudiantes para que se unan al ensemble, por lo que la Orquesta Sinfónica de Kiev se conoce como una orquesta «joven».

Cuando estamos asistiendo a un dolor mundial que se amplifica por días a través de las imágenes que recibimos a diario de la invasión de Ucrania, de los que huyen de guerras y luchas encarnizadas sin sentido alguno en otros lugares del mundo, he recordado los testimonios de músicos que están cerca de la alegría y del compromiso social activo, como era el caso de Mozart, al que tanto debo, o el de esta Orquesta Sinfónica de Kiev, pero también del dolor, como demostró el pianista salzburgués a lo largo de sus treinta y cinco años de vida, estrenando su ópera magna, La flauta mágica, en un teatro de barrio y no en los auspiciados por la Corte o la Iglesia, con quienes se enfrentó por su falta de sintonía con la vida real del pueblo austriaco o lo que sienten a diario estos músicos ucranianos al recordar a sus familias en un país devastado por la invasión. Abro imaginariamente mi clave y busco la inscripción pintada por Vermeer: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, comprendiendo mejor que nunca que la música es compañera en la alegría, pero también medicina para el dolor. Ahora, escuchando a la Orquesta Sinfónica de Kiev, creyendo que la música puede vencer a la guerra. Compruébenlo en la segunda obra interpretada por la orquesta en el Museo del Prado, en el vídeo oficial que encabeza estas palabras, la Melodía en La menor de Myroslav Skoryk’s, a partir del minuto 9 y 14 segundos. Han pasado días desde que la interpretaron en aquél lugar mágico del Prado y no la olvido.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

¿De quién nos valemos en la tristura?

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

Sevilla, 1/II/2023

Es verdad que vuelve la tristura a nuestras vidas, a pesar de que la palabra tristura es una voz antigua, denominación que conocí por primera vez leyendo a Garcilaso de la Vega, en su segunda canción, vinculada al sentimiento que genera el desamor, que él expresaba con bellas palabras:

Mas ¿qué haré, señora,
en tanta desventura?
¿A dónde iré si a vos no voy con ella?
¿De quién podré yo ahora
valerme en mi tristura
si en vos no halla abrigo mi querella?

Tristura, tristor, tristeza, pesar, tormento, melancolía incluso, pena o aflicción son lo mismo, porque el dolor que produce aprehender personas, situaciones o cosas que nos afectan, contrarias a nuestros deseos, es desde siglos algo que hace sufrir al ser humano y da igual lo antiguo que sea estar triste. En mi singladura de hoy, temprana, he descubierto esta palabra porque da nombre a una compañía de teatro, La tristura, fundada por la filóloga, poeta y creadora escénica Violeta Gil, que me ha llamado poderosamente la atención, porque hacía muchos años que no escuchaba esta denominación de ese sentimiento tan real y próximo en nuestras vidas, aunque hoy leamos en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (RAE) que tristura es igual a tristeza, es decir, la cualidad de triste, un adjetivo vinculado casi siempre a la melancolía: afligido, apesadumbrado, de carácter o genio melancólico, que denota pesadumbre o melancolía, que ocasiona pesadumbre o melancolía y pasado o hecho con pesadumbre o melancolía, entre otras acepciones.

Volviendo al origen de localización de la tristura, me ha interesado mucho la primera novela publicada por Violeta Gil, Llego con tres heridas (Caballo de Troya, 2022), porque conoce bien qué significa la tristura, su tristura, una situación sentimental y emocional a ratos, que arrastra desde que conoció que su padre se suicidó cuando ella tenía tan sólo nueve meses, convirtiendo la escritura en su hogar secreto, fundamentalmente porque “construye un espacio de intimidad mientras dibuja la historia reciente de España” y a mí eso me pre-ocupa a diario. La crítica de este libro en Babelia me parece magnífica y recomiendo su atenta lectura: “Llego con tres heridas es un libro con un claro aire de época, sobre todo en el enfoque de sus temas, pero hablar de la España vaciada, de literatura de duelo o de terapia relacional se quedan cortos frente a la solvencia de Violeta Gil para construir un espacio de intimidad leve y abstracto. Y es indudable su apariencia de “primer libro”, pero también por sus virtudes: el sosiego para contar cuestiones que han requerido una decantación, “por fin me doy cuenta de que estoy aquí, en lugar de mirando las cosas con distancia”. Una gracia que vuelve esta escritura invulnerable a tendencias, y ambiciosa y fluida: a veces coquetea con el verso, con el diálogo ficticio o se concentra en un presente narrativo marcadamente visual. Es ahí donde de Violeta Gil (como su padre en las cartas y notas que la autora transcribe) encuentra un hogar flexible y duradero. No en Cheles, ni en Hoyuelos. Ni en una pareja ni en una familia ni en una utópica repoblación de pueblos abandonados. Tampoco en el padre ausente. Sino en el puro pulso narrativo, incómodo e inacabado (maravillosamente impersonal) de la propia escritura”.

Me ayuda a priori para comprender su obra algo que dice sin ambages: “Quizá todo esto sea una despedida amistosa de mi padre, una forma de dejarle para poder seguir. Seguro que él lo comprendería. Es la única manera de hacer la vida. José, espero que lo entiendas. Tengo que despedirme de ti. Tengo que reconocer que de alguna manera me he protegido todos estos años a través de esa figura que es y no eres tú. De esa idea de lo que debía ser yo como hija tuya. Y ahora me toca avanzar. Me toca seguir sin ti. Como cuando en la película se ve al fantasma despedirse, como cuando el espíritu sale del cuerpo, como cuando la sombra de Peter Pan se le despega de los talones. No pasa nada. Vamos a estar bien. Ya verás”. La sinopsis oficial me ha aproximado también a la razón de ser del título, donde en mi imaginario actual y en el de la persona de secreto conviven Miguel Hernández, Serrat o Joan Báez: “Este libro nace de tres heridas, como en el poema de Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte, la del amor; Violeta Gil parte de ellas para dar forma a una historia íntima y emocionante. Con esta novela asistimos a un emocionante ejercicio de creación en el que la autora se transparenta de manera valiente, poniendo voz, cuerpo y alma al servicio de su destino, retomando caminos olvidados, conversaciones con familiares, documentos reales o, a falta de ellos, inventados. Pocas veces los libros se sienten tan necesarios y se confían de forma tan admirable a su propia razón de ser”.

Busco salir a menudo de la tristura, sentimiento muy vinculado a la melancolía por páginas complicadas en la vida diaria, tantas veces analizada en este cuaderno digital, apeándola de sus principios patológicos, que estudié en su momento bien e incluso escribí algún artículo sobre su realidad clínica y existencial. Violeta Gil aporta una visión tripartita que es muy común en nuestras vidas: las heridas del amor, de la muerte y de la vida. Sigo leyendo su cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), en el que logro comprender bien lo que significa dignificar la vida cada día, llenos de sentimiento y pensamiento, donde el sentimiento se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento (Alberti, dixit). Porque todos los días convivimos con heridas de vida, muerte y amor…, en ese orden, con tristura, porque así lo exige la dignidad de la existencia. La que vivió Miguel Hernández, por ejemplo, en días terribles de ausencias, a la que hoy agrego la pregunta del contexto anterior, auspiciada por Garcilaso de la Vega: ¿De quién podré yo ahora valerme en mi tristura, si no hallo en el mundo que me rodea abrigo para mi querella existencial? Esa es la cuestión.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!