
Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital
Nicholas Negroponte, El mundo digital
Sevilla, 21/X/2026 – 16:42 h CET (UTC+2)
Lo he leído hoy en un periódico creíble por su trazabilidad histórica en difundir la verdad objetiva de lo que está pasando y estamos viendo a diario: “Esto es lo que significa que los multimillonarios sean los propietarios de los medios de comunicación», decía estos días el senador Bernie Sanders en X: «Meta [Facebook, Instagram, WhatsApp, Messenger], de Mark Zuckerberg, cerró la cuenta de No Kings durante horas en pleno apogeo de sus protestas. Meta suprimió cuentas que apoyaban al presidente de Brasil, Lula da Silva, en las recientes elecciones. TikTok, de Larry Ellison, bloqueó la publicidad de un documental que criticaba a Elon Musk». Y sentenciaba: «Luchad. Derrotad a la oligarquía. Defended la democracia». Y es que eso es lo que está en juego en estos momentos en el mundo: la propia democracia, a menudo imperfecta, incompleta y mejorable”.
Estamos avisados sobre lo que son capaces de hacer en nuestro país en esta etapa preelectoral y en la electoral pura, con bulos, noticias falsas y un ejército de máquinas de fango que contaminarán todo sin inmutarse porque “son máquinas”, pero telecomandadas por mentes no inocentes mediante algoritmos letales. No olvidemos que hablamos del poder omnímodo de los llamados “siete magníficos”, JohnTernus (Apple), Satya Nadella (Microsoft), Mark Elliot Zuckerberg (Meta), Jeff Bezos (Amazon), Sergey Brin (Alphabet), Jen-Hsun Huang (Nvidia) y Elon Musk (Tesla), junto a otros destacados oligarcas tecnológicos actuales que comandan la Inteligencia Artificial, entre los que destaco a Samuel Altman (OpenAI) y Darío Amodei (Anthropic).
En este contexto he recordado que en 2024 se publicó en nuestro país un libro, Tecnofeudalismo, con un subtítulo calculado, El sigiloso sucesor del capitalismo, escrito por Yanis Varoufakis, autor a quien conocimos bien en 2015 como ministro de Finanzas en el gobierno heleno, una época en que Grecia resurgió serena y democráticamente en un amanecer hacia nuevos horizontes políticos que, por desgracia, no tardaron mucho en desaparecer estrepitosamente.
El planteamiento reflejado en esta obra nace de un hilo conductor claro y contundente, sobre la base de que “el capitalismo ha muerto y el sistema que lo reemplaza no es mejor”, según se planteaba en la sinopsis oficial del mismo: “Las dinámicas tradicionales del capitalismo ya no gobiernan la economía. Lo que ha matado a este sistema es el propio capital y los cambios tecnológicos acelerados de las últimas dos décadas, que, como un virus, han acabado con su huésped. Ésta es la principal conclusión a la que ha llegado el prestigioso economista Yanis Varoufakis tras años de estudio dedicados a desentrañar el origen y la transformación del sistema económico mundial. Los dos pilares en los que se asentaba el capitalismo han sido reemplazados: los mercados, por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; el beneficio, por la pura extracción de rentas. A partir de esta observación, confirmada por la crisis de 2008 y la provocada por la pandemia, Varoufakis ha desarrollado su teoría del «tecnofeudalismo», según la cual los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llama «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el medievo. Es este nuevo sistema de explotación lo que está detrás del aumento de la desigualdad. Sirviéndose de ejemplos que van desde la mitología griega y Mad Men hasta las criptomonedas y los videojuegos, este libro ofrece un arsenal analítico de valor inestimable para poder esclarecer la confusa realidad socioeconómica actual. Comprender el mundo que nos rodea es el primer paso para poder tomar el control, quizá por primera vez, de nuestro destino colectivo”.
Ahora, hay que agregar la entrada en tromba de la inteligencia artificial, una invasión tecnológica sin límites, de la que desconocemos todavía el inmenso poder que tiene y, sobre todo, de hacer daño en procesos electorales como hemos visto recientemente en Brasil y probablemente ocurra en las próximas elecciones generales en nuestro país.
Es verdad que casi todo lo que nos rodea está en la Nube, en no se sabe dónde, también nuestra propia vida y nuestras decisiones antecedentes y consecuentes, porque nuestros datos vitales los poseen unos pocos y casi sin darnos cuenta los manejan a su antojo. Estos nuevos propietarios o reyes digitales, emperadores de nuevo cuño, son los dueños actuales del mundo y casi nada se mueve sin que ellos lo “autoricen” de una forma u otra. Ante esta realidad inexorable, vuelve a ocupar un primer plano la teoría del doble uso de los avances tecnológicos y digitales en el mundo digital, porque lo peor que puede ocurrir ante la lectura de este libro, que nos puede servir de ejemplo para otras lecturas, es que pasemos a formar parte de los tecnófobos radicales, que también existen, porque enfrentarnos a esta realidad sin criterio o principio ético alguno es como poner puertas al campo digital.
La defensa sensata de la ética digital, como elemento revolucionario y transformador de la sociedad actual, que también existe en todas las proyecciones posibles, me lleva a leer con mesura lo expuesto por Varoufakis en su libro. Muestra de ello es que en 2001 ya lo expuse en este cuaderno digital, en un momento especial en mi vida profesional: “No pertenezco a la legión de embajadores del tratamiento de la informática como los proclamadores de la buena nueva digital, del evangelio digital, en frase de Hans Magnus Enzensberger [fallecido en 2022], aquellos que declaran a los ciudadanos como ignorantes molestos. No soy tampoco vendedor de cajas de trucos pragmáticas, en expresión del mismo autor. No me gustan las brechas digitales… Lo que he venido haciendo desde que tengo uso de razón es buscar sentido a la vida cualquiera que sea la posición que se ocupa en ese momento en el vivir diario”.
Ahora, al aproximarme de nuevo al libro de Varoufakis, he vuelto a encontrarme también con Enzensberger, en una entrevista realizada por el maestro Juan Cruz en 2015, que he leído varias veces, porque me volvió a sorprender su frescura mental cuando ya había alcanzado 87 años de experiencia vital, en el marco temporal de la publicación de su último libro, Reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes. Han pasado muchos años y he recordado de forma entrañable un artículo suyo, El evangelio digital, publicado en Revista de Occidente, que me conmocionó en momentos transcendentales de mi carrera pública digital, fundamentalmente porque hacía una defensa de la ciudadanía tildada presuntamente de “ignorante”, “sierva” según Varoufakis, que ha vuelto a rescatar en el libro citado, sobre todo por las precauciones que hay que tomar en la llamada sociedad de la información y del conocimiento, así como por lo que fabrican algunos intelectuales a través de los departamentos de tonterías [sic], que incluso algunas pueden ser digitales por el uso y abuso desordenado de medios electrónicos (teléfonos inteligentes, tabletas, televisión, nube, etc.): “Sí, en ese sentido hay una parte reaccionaria del señor Z. Naturalmente estos aparatos no le gustan: no tiene móvil, lo rechaza, por tanto no tiene Twitter, ¡no, por favor, qué horror! En él hay todos los aspectos: el sabio, pero también el provocador, el gurú, el payaso… ¡Sí, está entre Sócrates y Jeff Koons! [risas]. Y sí, esta es una enciclopedia que alerta contra la estupidez humana. Pero tengo la cortesía de escribir libros breves; creo que es más amable que imponerle al público libros de mil páginas”.
Indiscutiblemente, hay que leer entre líneas estas afirmaciones sin darles patente de corso, porque es indudable que no dice tonterías de intelectual de tres al cuarto. Me ha preocupado siempre su reflexión acerca de que a veces digitalizamos tantos procesos humanos que se llega a considerar a los ciudadanos como ignorantes molestos por el mundo analógico en el que creemos que están instalados, pasando a formar parte del macromundo de torpes digitales, por qué no, siervos digitales también en el tecnofeudalismo actual. En todo se debe marcar siempre una gruesa línea roja, sobre todo cuando la equidad digital sigue siendo una quimera en la sociedad actual donde se están tomando decisiones desde determinados centros de poder digital, por personas que caben en un taxi (digital, por supuesto) y que pueden llegar a afectar a la quintaesencia del ser humano (1), magníficamente expuesto también por Varoufakis.
Juan Cruz abordaba con delicadeza una cuestión esencial para una persona de tan dilatada vida intelectual, con la prevención digital que tanto lo ha caracterizado. Su protagonista, el señor Z, “dice que la avalancha de información se evaporará. Y añade que “existe vida más allá de los medios”. Ante esta observación, Enzensberger se mostraba en estado puro: “Yo también digo que en este momento todos los medios hablan de la digitalización y predicen que todo ha de ser digital. ¡Abajo con el papel, es demasiado analógico! No estoy de acuerdo: yo como analógicamente, duermo analógicamente… Este es un sistema analógico. La rodilla es analógica, la lengua no es un ordenador. ¡No hay que exagerar con lo digital, no es la solución de todo! Los industriales dicen que hay que digitalizar lo más posible, porque hay capacidad de reducir el tamaño de las máquinas… ¿No te parece que se muere también analógicamente, no digitalmente?”.
Con esta reflexión, he vuelto a pensar en el maravilloso avance de la sociedad digital, aquél mundo que preconizó Negroponte y que ha aportado a la humanidad avances tan espectaculares y que, personalmente, fue un revulsivo en mi vida personal y profesional. Pero reconozco que tengo una profunda inquietud sobre la deriva digital que se está viviendo en el mundo actual, centrado todo en la acumulación de ese poder -digital por supuesto- en sólo unas cuantas personas que lo detentan sin compasión humana alguna y que se refugian en la llamada “nube”, que no se sabe a ciencia cierta dónde está, ni se la espera en el llamado “principio esperanza” para alcanzar la libertad en democracia, digital también, por supuesto.
Leí con intención sana este libro de Varoufakis, fundamentalmente porque vivo una ardiente impaciencia digital (Neruda, dixit), ya que lo que verdaderamente me preocupa es que todo está tan maravillosamente bien planificado desde la revolución digital en este siglo XXI, superando por goleada a la industrial de antaño, en sus sucesivas versiones, que lo único que sobra realmente es la persona “ignorante molesta”, “sierva digital” en definitiva, a la que no se le suelen ocurrir las tonterías de los intelectuales altaneros, tecnofeudales de nuevo cuño, a los que criticó hace ya muchos años Hans Magnus Enzensberger.
Ya que hablamos del mundo digital, una cosa más, que diría Steve Jobs en sus intervenciones clásicas. Estoy convencido de que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, incluso la todopoderosa Nube, sobre todo la Inteligencia artificial, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas que son el corazón de las máquinas, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, en la Nube, gracias o no a la Inteligencia Artificial, porque sé que la inteligencia humana, digital, es decir, la base de esa inteligencia artificial, puede y, sobre todo, debe, desarrollar la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, fundamentalmente cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal de su «doble uso», es decir, la utilización de los descubrimientos digitales para tiempos de guerra y paz, como en el caso de los drones que sobrevuelan hoy de forma mortífera sobre Ucrania o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola PlayStation que para los misiles Tomahawk.
El principal reto de la Inteligencia Artificial y su “casa” predilecta, la “Nube”, es superar el tecnofeudalismo digital, que sí es verdad que nos invade y que ha venido para quedarse entre nosotros, para que podamos tomar de nuevo el control democrático del mundo actual, humano, por supuesto, en beneficio de todos y sin excepción alguna.
En el contexto comentado anteriormente, la reflexión de Negroponte que encabeza estas líneas sigue estando muy presente en mi vida, después de un largo recorrido digital: Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital.
(1) Morozov, Evgeny (2015, 16 de mayo). Siervos y señores de Internet, El País.com. Artículo extraordinario que demuestra que Internet tampoco es inocente.
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