El mundo que habitamos

Sevilla, 22/VIII/2020

Sigo muy de cerca la vida y obra de Antonio López y su realismo mágico de la vida cotidiana, aunque en principio parezca una afirmación contradictoria. También, el de artistas próximos a él. El pasado miércoles descubrí la obra de la pintora extremeña Consuelo Hernández que se presentaba en Madrid, en un lugar muy querido en mi infancia, La Casa de Vacas, en el Parque del Retiro, con un título programático muy atractivo: El mundo que habito. Las personas que frecuentamos el futuro buscamos junto a islas desconocidas otros mundos posibles en los que podamos vivir de la forma más amable posible.

La evolución y estilo de su obra se describe en su biografía de forma detallada: “La amistad con el grupo madrileño de artistas de la escuela de Antonio López, la admiración por la obra de este gran maestro del Realismo español y la visita a su exposición antológica exhibida en el Museo de Albacete, posteriormente en el Museo Reina Sofía de Madrid, conforman definitivamente el estilo realista y personal al que llega Consuelo Hernández, estilo al que se ha mantenido fiel desde los comienzos de la década de los años 80 hasta la actualidad”.

La exposición gira en torno a cuatro áreas temáticas: Interiores y retratos, Ciudades, con especial atención a Madrid y su querida Tánger, ciudad en la que vivió unos años, Ellas, dedicado a mujeres apreciadas por la artista y Paisaje, una parte de su colección Ventanas al mar, culminando su obra expuesta con un díptico, Cerezos en flor, a modo de homenaje a la tierra que la vio nacer.

Si nos propusieran alguna vez hacer alguna exposición con lo más representativo de nuestras vidas, aplicando un realismo extremo a modo de retrospectiva, no tengo claro qué elegiría en mi caso para presentar mi obra en sociedad. Quizás, sólo mis escritos en los que se pudiera apreciar un hilo conductor dibujado con palabras: el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el mundo en el que habito desde que tengo uso de razón, rodeado más de personas que me han marcado que de objetos. Retratos, siguiendo la estela de Antonio Machado. Sería como abrir por primera vez la maleta del padre del escritor Orham Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006 y descubrir que en ella solo hay palabras escritas con el alma.

Esa lección la aprendí porque un día no tan lejano comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresara de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto” (1). Sin desvelar su contenido, les aseguro que tiene mucho que ver con el efecto balsámico de la literatura.

MUSEO DE LA INOCENCIA
Museo de la Inocencia. Estambul

Contemplo las obras mágicas de Consuelo Hernández y comprendo que es admirable la forma de plasmar las preguntas de la vida en su pintura, una forma de explicarnos -como ella sabe hacerlo- el mundo que habita. Un gran ejemplo. Probablemente, siguiendo a Pamuk, tendré que leer o visitar de forma pausada El museo de la inocencia, para comprender bien por qué nos empeñamos en convertir los recuerdos que motivan nuestra escritura en oscuros o claros objetos de exposiciones o museos de la inocencia reales o virtuales cuando los lectores visitan nuestras palabras. Pero lo verdaderamente difícil es la soledad sonora ante la página en blanco, en cualquier soporte, porque podemos decirlo todo o nada, de todos los modos posibles, aunque lo verdaderamente fascinante es comprometerse todos los días en decir algo especial. Porque nos queda la palabra. Nunca inocente, por cierto, sobre todo cuando tiene alma.

(1) Pamuk, O. (2007). La maleta de mi padre. Barcelona: Mondadori, p. 11-44.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.