Fallecieron sin poder decirnos adiós

Te marchaste sin decirnos adiós / Yo sé que tú no pudiste decirnos adiós /
¿No sabes tú que tampoco / nosotros hemos podido / decirte adiós? /
Tiempos malditos y tristes / en los que hasta un triste adiós / hay sombras que lo prohíben.

Rafael Alberti, Canción 55, Baladas y canciones del Paraná (1953-1954)

Sevilla, 12/V/2020

Rafael Alberti escribió desde el exilio en Argentina la letra de una canción llena de sentimiento, Te marchaste sin decirnos adiós, transida de dolor, que resuena en mi persona de secreto casi a diario en estos días tristes de alarma, confinamiento y desescalada, porque hay un hilo conductor que me embarga: la muerte de personas, día tras día, en los que ya, en esta etapa de curva descendente, ”solo” fallecen un número menor de personas en relación con días anteriores y que nos ofrece, paradójicamente, esperanza y cierto sosiego en este ir y venir estadístico que nos embarga. Ya nos conformamos con el adverbio “solo”, pero estamos hablando de una tragedia de dimensiones incalculables. 26.920 personas han fallecido hasta las 21:00 horas de ayer (datos oficiales del Ministerio de Sanidad), víctimas del coronavirus, sin que hayamos podido decirnos o decirles adiós en la mayoría de los casos, poniéndome modestamente en la piel de sus familias por el triste duelo que están viviendo todavía por las características especiales que rodean a esta pandemia, con un denominador común: el aislamiento, la lejanía y el distanciamiento personal y social.

Escuchando ahora a Mozart, en la composición de su forma de ver el fenómeno de la muerte a través de los compases finales del Introito en el famoso Réquiem premonitorio, que se inicia con las palabras lacrimosa dies illa, podemos entender las palabras a las que pone música en el dolor: solo son días de lágrimas para las familias que han sufrido la terrible ausencia de sus parientes más cercanos, personas mayores en un porcentaje muy alto, dejando abiertas las creencias de cada uno en este momento de duelo para comprender el día después de la forma más humana posible. También, días muy dolorosos para los profesionales sanitarios que los han atendido de forma heroica hasta el último suspiro en su silencio y soledad acompañada.

Decía Alberti en el prólogo del libro que recoge la canción citada, entre otras, que “[…] como por transparencia, entrelazados al río y raro paisaje que las provocan, se ven latir en ellas todos los años de dolor y nostalgia que andan dentro de mí, al mismo ritmo de la sangre; porque yo no podré cantar ya nunca dividiendo en dos partes el correr de mi vida; aquí, de este lado, lo sereno, luminoso, optimista, y de este otro, lo dramático, oscuro, triste, todo lo señalado por los signos crueles de mi tiempo. Por esta causa son así, no de otro modo”. Me ocurre hoy lo mismo. No puedo estar tan tranquilo con lo que está sucediendo aunque yo esté del lado de los no afectados, porque al escribir hoy siento el dolor de lo que está ocurriendo y no puedo escribir solo sobre lo sereno, luminoso u optimista, porque estas ausencias me llegan a lo más profundo de mi corazón.

Estamos viviendo los estragos de un tsunami de contagio y propagación de una enfermedad desconocida en su manifestación actual, aunque no en su base científica. En este desconcierto mundial nos queda la palabra y hoy quiero dedicarla a estas personas que han fallecido sin que hayamos podido decirles adiós, comenzando obviamente por sus familiares más allegados. También, para reivindicar con todas mis fuerzas que el mejor homenaje que podemos hacerles hoy, más allá de banderas a media asta, corbatas y trajes negros, crespones también negros y funerales de Estado, es urgir a nuestros gobernantes para que comiencen a trabajar inmediatamente sobre un Pacto de Estado de Atención Integral a las Personas Mayores, porque el dato estadístico actualizado a día de ayer es estremecedor: casi el 66% de las personas fallecidas (exactamente el 65,86%) ha sido en residencias o centros de acogida de personas mayores, la gran mayoría atendidas en centros privados o concertados con una lejanía, que se palpa, de la atención, financiación y supervisión pública. Así se ha informado hace tan solo unas horas por la radio y televisión públicas (RTVE): “A falta de realizar test generalizados, ha sido imposible hasta ahora saber el número de víctimas mortales que el coronavirus ha dejado en las aproximadamente 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas. Pero, según los datos proporcionados por las comunidades autónomas y que ya obran en poder del Gobierno -aunque aún no las ha dado a conocer-, los usuarios de este tipo de centros que han fallecido con COVID-19 o síntomas similares se sitúan en 17.730, la mayoría en Madrid, Cataluña, Castilla y León y Castilla-La Mancha. Así, los fallecidos en residencias de ancianos equivaldrían al 66% del total notificado oficialmente por el Ministerio de Sanidad”.

No es el momento de jugar con las cifras para utilizarlas como arma arrojadiza en la disputa política, pero es obligado, por transparencia y dignidad pública, que se sepa la verdad de lo ocurrido a la mayor brevedad ética posible. La evaluación de carácter público proporciona siempre juicios bien informados. ¡Es el interés general de todos, no la economía de algunos!, en un nuevo grito reivindicativo y viral sin necesidad de escuchar otra vez a los asesores de Clinton, Trump y Asociados, que son bastantes y según se mire.

Desde Andalucía sabemos expresar esta soledad acompañada de dolor compartido y de forma muy especial. Lo decía recientemente al referirme a una soleá cantada por Enrique Morente, Soleá de la ciencia: Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Porque siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí, que viene bien recordar en estos momentos, pero haciéndola extensiva no solo a la ciencia que tanto necesitamos en la actualidad, sino como grito reivindicativo hacia los poderes fácticos del mundo, los Gobiernos y Hombres de Negro que manejan los hilos de las marionetas mundiales a través del poderoso caballero don dinero, con arrogancia, altanería y prepotencia. Presumen que tienen el conocimiento y el dinero y nosotros no acabamos de comprenderlo así, con preguntas que hoy no tienen todavía respuesta, porque teniendo en sus manos las grandes soluciones a los problemas actuales del mundo, pandemia, guerras, hambre y pobreza, no nos “comprenden” en nuestra soledad (soleá) y sufrimiento diario.

Estamos avisados, que decía Al Gore cuando se aproximaba con compromiso público de Estado a las graves consecuencias del cambio climático. En este momento de dolor profundo por las consecuencias devastadoras de la COVID-19, recuerdo de nuevo la estrofa final de la canción 55 de Alberti, escrita desde la orilla del dolor y sufrimiento de la lejanía de su querida tierra y océano del Sur: Tiempos malditos y tristes / en los que hasta un triste adiós / hay sombras que lo prohíben.

Necesitaba compartir estas palabras con la Noosfera, entidad virtual que ya definió hace más de cien años Teilhard de Chardin, en su planteamiento revolucionario del origen y futuro del ser humano, como malla pensante de cerebros cuya cualidad principal es la inteligencia compartida, entendida como la capacidad que tenemos las personas de resolver los problemas que más nos preocupan a diario y que tiene especial sentido cuando frecuentamos, en tiempos difíciles, el futuro ético y responsable con el quiero, puedo y debo de cada uno, de todos, sin excepción alguna.

NOTA: el vídeo recoge una grabación del Réquiem de W. A. Mozart, en concreto de la parte final del Introito, Lacrimosa, interpretado en el Festival de Salzburgo por la Ensemble musicAeterna, el 23 de julio de 2017, bajo la dirección de Teodor Currentzis y con la intervención de Anna Prohaska (soprano), Katharina Magiera (contralto), Mauro Peter (tenor), and Tareq Nazmi (bajo).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.