Impasible el “alemán”

El día que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni dueños habrá
los odios que al mundo envenenan
al mundo se extinguirán

El hombre del hombre es hermano
derechos iguales tendrán
la tierra será el paraíso
patria de la humanidad.

La Internacional (fragmento)

En mi colegio se cantaba el Cara al sol con una rutina que hoy me sobrecoge al recordarlo, pero yo no era consciente de lo que significaba en el fondo y forma de la época y, menos todavía, de lo que quería decir su letra. Sorprendentemente, supe muchos años después que el edificio de mi colegio, durante la guerra civil, fue incautado por la FAI y que instalaron allí un Ateneo Libertario. Si aquellas paredes hablaran, estoy seguro que la Internacional sonaría ante la atenta mirada de la familia de Dª Antonia, mi querida maestra en todos lo órdenes de la vida, que siempre tuvo compasión con lo ocurrido en aquellos años tan difíciles, porque sabía que los milicianos que estaban enfrente (vivían en la otra acera de la calle Narváez, muy cerca de mi casa) les habían perdonado la vida al conocer que en aquél colegio, antes de la confiscación, se había dado acogida por igual a las niñas y niños más desfavorecidos del barrio, sin recursos. Fueron las mujeres del edificio donde vivía la familia dueña del Colegio las que al conocer que se querían llevar detenido a D. Fernando, el marido de mi maestra, contestaron con gran entereza: ¡de ninguna manera, a Don Fernando no se lo llevan ustedes! Los milicianos se fueron y no volvieron más.

He recordado muchos años después, cuando dejé las cosas de niño, que en un determinado momento al cantar el Cara al sol, todos gritábamos al unísono una frase sin sentido alguno, “impasible el alemán”, cuando lo que dice textualmente es impasible el ademán, y están presentes en nuestro afán. Afortunadamente, nunca me dio por aprender aquella letra que de forma subliminal cantábamos a voz en grito perfectamente formados, que no uniformados, en el patio de mi colegio.

Siempre he dicho que menos mal que Dios me recogió a tiempo para no seguir aquella senda que nunca más he vuelto a pisar…, haciendo camino al andar. Entre comuniones, confirmaciones y demás actos de fe del discreto encanto de la burguesía madrileña, aquella canción tan confesional del régimen, se fue diluyendo en mi memoria de secreto como un azucarillo en el café de Levante libertario que a veces frecuentamos en la vida.

Traigo a colación esta reflexión, salvando lo que hay que salvar necesariamente, al escuchar de nuevo estos días La Internacional, canción emblemática de la Internacional Socialista, que tanto asusta a los de siempre y casi despreciada por los que antes estaban en el barco donde siempre se tocaba emulando a la orquesta del Titanic. Estoy convencido de que muchos de los que escuchan ahora la canción, solo oyen estrofas sin comprender bien la letra y estribillos que, para mí, tienen un profundo significado histórico. Más o menos lo que me pasaba a mí con el “alemán”, que allí no estaba. No me atrevería decir lo mismo de los que la cantan ahora, porque presupongo que la conocen bien, al menos en su ritual actual.

Su letra, nacida en el contexto de las revoluciones laborales del último cuarto del siglo XIX, es del escritor francés Eugène Pottier, miembro de la Comuna de París, “un movimiento revolucionario que fue brutalmente reprimido durante la Semana Sangrienta. Lo escribió tras estos hechos que le obligaron a huir de una sentencia de muerte, primero a Gran Bretaña y luego a Estados Unidos” (1). La música se compuso en 1888 por Pierre Degeyter a petición de un coro de trabajadores de Lille (Francia) llamado La Lyre des Travailleurs.

Hay varias versiones de la letra, ajustada siempre a quien la utiliza como santo y seña partidista. La que se ha escuchado estos días, cantada por los fieles a la candidatura en primarias de Pedro Sánchez, como cierre de todos sus actos, es la siguiente, que transcribo por respeto a su contenido actual (2):

Arriba los pobres del mundo
en pie los esclavos sin pan
alcémonos todos al grito
¡Viva la Internacional!

Removamos todas las trabas
Que oprimen al proletario
Cambiemos al mundo de base
Hundiendo al imperio burgués.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzan los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzan los pueblos con valor
por la Internacional.

El día que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni dueños habrá
los odios que al mundo envenenan
al mundo se extinguirán

El hombre del hombre es hermano
derechos iguales tendrán
la tierra será el paraíso
patria de la humanidad.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzan los pueblos
por la Internacional.

Agrupémonos todos
en la lucha final
y se alzan los pueblos con valor
por la Internacional.

Sé lo que dice la canción y se puede ajustar como justicia, no ajustamiento, a la situación actual en el mundo, que todavía es posible cambiarlo a pesar de los agoreros mayores del Reino de la Tibieza y de la Tristeza, que existir existen. Hay dos estrofas que me sigue ilusionando cantarlas y vivirlas con especial ilusión, sobre todo con el coro de Quilapayún, a los que tanto aprecio: El día que el triunfo alcancemos / ni esclavos ni dueños habrá / los odios que al mundo envenenan / al mundo se extinguirán // El hombre del hombre es hermano / derechos iguales tendrán / la tierra será el paraíso / patria de la humanidad. No me pasa con lo que he contado de mi canto a un “alemán” desconocido, impasible y que como la música militar nunca me supo levantar.

Es verdad, todas las canciones que se convierten en himnos, no son iguales. Hay que seguir luchando por un mundo sin esclavitud de ningún género, para que el odio sofisticado no sea el hilo conductor de la vida, porque somos hermanos en la existencia que a cada uno le toca vivir y porque hay que preservar la tierra para que sea siempre un Paraíso y Patria de la humanidad. Un sueño…, internacional.

Sevilla, 23/V/2017

(1) http://verne.elpais.com/verne/2017/05/22/articulo/1495444756_897089.html

(2) http://web.psoe.es/ambito/alpedrete/docs/index.do?action=View&id=99429

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