El añorado pentatlón de las musas

¡Oh Deporte, tú eres la Justicia! La equidad perfecta, perseguida en vano por lo hombres en sus instituciones sociales, se instala por iniciativa propia en ti. Nadie sería capaz de superar ni un milímetro la altura que puede saltar ni de un segundo el tiempo que puede correr. Sus fuerzas físicas y morales combinadas son las únicas que determinan el límite de su éxito.

Pierre de Coubertin, Oda al deporte, III

Sevilla, 1/VIII/2021

Píndaro de Tebas fue el precursor de narrar bellas historias sobre lo que ocurría en cuatro localizaciones de los Juegos Olímpicos, en los siglos V y IV a. C., Olimpo (olímpicas), Nemea, Delfos (la pitia délfica) y Corinto (Ístmicas), con expresiones que no olvido ensalzando a la figura olímpica y también terrenal del ser humano: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95). Es lo que podríamos narrar hoy de los grandes triunfadores en las medallas olímpicas, pero también y sobre todo, de la cara más amarga de la Olimpiada de Tokyo 2020, cuando vemos la expresión de Simone Biles al abandonar la competición por la ansiedad que estaba viviendo, representando algo que se debería cuidar mucho en el recorrido olímpico de cada participante.

En este sentido, he manifestado recientemente que dentro de algunos atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita un gentío de personas muy dignas. Intuía que nos iba a pasar, por ejemplo, cuando viéramos brillar este año a Biles, que siempre deslumbra por la dignidad humana que lleva dentro. De lo que estamos convencidos es de que en este mundo todos somos emocionentes, es decir, podemos vivir unidos por las emociones en la Olimpiada de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvadocaballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.

La Olimpiada de Tokyo enfila ya su recta final, con una situación que clama a los cuatro vientos la urgencia del cambio en el espíritu meramente competitivo de la misma, atendiendo lo ocurrido a grandes atletas y deportistas de élite en general por la ansiedad que viven en sus carreras deportivas, donde la competición y el triunfo final es lo más importante, no tanto participar, que queda sólo como reclamo olímpico trasnochado, desde aquella famosa frase que pronunció monseñor Ethelbert Talbot, arzobispo de Pensilvania, en la catedral de Saint Paul, en el oficio de la víspera de la jornada inaugural de los Juegos de 1908, celebrados en Londres, atribuida erróneamente a Pierre de Coubertin: Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar, así como en la vida lo más importante no es el triunfo, sino la lucha. Lo más importante no es la conquista, sino el combate. Lo digo porque en la intrahistoria de los Juegos Olímpicos, que se celebran por la magna decisión y empeño del barón de Coubertin, desde 1896 (Atenas), hay que reconocer una realidad del olimpismo mundial porque en los Juegos de Estocolmo, en 1912 y en su quinta edición, es la primera vez que se recupera algo esencial en las Olimpiadas desde su nacimiento en el siglo VII antes de Cristo: la relación íntima entre el arte y el deporte. Ya lo había manifestado el barón de Coubertin en un artículo publicado en Le Figaro el 4 de agosto de 1904, titulado “L’Olympiade romaine”: “Ha llegado la hora de iniciar una nueva etapa y restaurar la Olimpíada en su belleza primera. En la época de esplendor de Olimpia –e incluso después, cuando Nerón, vencedor de Grecia, ambicionaba recoger en las riberas del Alfeo unos laureles siempre envidiados- las letras y las artes, armoniosamente combinadas con el deporte, garantizaban la grandeza de los Juegos Olímpicos. En el futuro debe ocurrir lo mismo” (1).

En esa ocasión, Olimpiada de 1912, volvieron a ser convocados artistas en general, al igual que en aquellas Olimpiadas griegas, donde escritores, poetas, filósofos, escultores, historiadores y otros líderes en diferentes ramas del saber, se encontraron de nuevo en una competición artística denominada Pentatlón de las Musas, que contemplaba cinco manifestaciones artísticas relacionadas con la arquitectura, música, literatura, pintura y escultura, con el requisito esencial de que las obras tenían que estar basadas en el deporte, sabiendo que en las Olimpiadas originales también se contemplaba el Pentatlón deportivo: lucha, carreras, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y salto de longitud. Coubertin, bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach, participó también con una Oda al deporte en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, en 1912, que fue galardonada con la medalla de oro, en la que ensalzaba el deporte como placer de dioses, esencia de la vida, porque representa la belleza, la justicia, la audacia, el honor, la alegría, la fecundidad, el progreso y la paz: ¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.

Recuerdo ahora también que en la Olimpiada de Londres, en 1948, se entregó la última medalla de oro a la poetisa finlandesa Aale Maria Tynni, por versos como: «Laurel de Grecia de noble origen el más celebrado de los árboles, mirando a tu noble corona, deslumbrada debe estar la mente». Fue la última vez que se celebraron este tipo de encuentros, con un manifiesto deterioro por la Olimpiada celebrada en Berlín, en 1936, por las maniobras del fascismo alemán al mando de Goebbels, donde se escoraron todas las medallas a favor de poetas alemanes e italianos por razones obvias. El espíritu de este Pentatlón, auspiciado por el barón de Coubertin, en su primera celebración en la Olimpiada de Estocolmo de 1912, se perdió íntegramente, desapareciendo definitivamente en la Olimpiada de Helsinki de 1952.

Sería maravilloso que el Comité Olímpico Internacional recuperara este pentatlón de las musas y, también, una nueva visión de la ética del deporte en general, debiéndose operar un giro copernicano en su ordenación y organización a través del Comité Olímpico Internacional (COI). Creo que es urgente su recuperación y contar con muchas más manifestaciones artísticas. Es probable que en esa relación del deporte con el arte o del arte con el deporte, tanto monta monta tanto, se podría recuperar la belleza de la vida ensalzada por Coubertin en su Oda, que ahora se podría completar con una nueva Oda al Deporte y al Arte. No faltarían candidatos. Otro gallo cantaría si un día decidiéramos buscar las musas de nuestra vida, sin distinción de género buscador y sin necesidad de Olimpiadas específicas, como si lo pudiéramos considerar como una rutina diaria, participando todos los días de nuestro quehacer cotidiano, sin competitividad alguna. Nos daríamos cuenta de que sólo consiste en estar atentos a lo que nos transmite la vida a través de pequeñas cosas, sobre todo de palabras que suenan como la música, el auténtico secreto de las musas que desean transmitir en todo momento.

Las nueve Musas que nos ha legado la historia de la humanidad, representan disciplinas artísticas de un valor incalculable, sin olvidar la perspectiva de género a lo largo de los siglos, porque fueron el mejor incentivo para interpretar la belleza de vivir despiertos: Calíope, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Clío, la historia; Erató, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Euterpe, la música; Melpómene: la tragedia; Polimnia, los cantos sagrados y la poesía sacra; Talía, la comedia; Terpsícore, la danza y la poesía coral y Urania, la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas. ¿No sería fantástico recuperar, para empezar, estas musas en una Olimpiada de la Cultura y el Deporte? Para empezar a recorrer este camino es recomendable leer el único libro que hasta ahora, salvo error por mi parte, se ha dedicado a esta interesante historia del arte en el Olimpismo mundial, The Forgotten Olympic Art Competitions: The Story of the Olympic Art Competitions of the 20th Century, escrito por Richard Stanton: “Todas las personas con las que he hablado acerca de esto han quedado sorprendidas” dice Richard Stanton, autor de The Forgotten Olympic Art Competitions (Las olvidadas competiciones Olímpicas de arte) “Me enteré de éstas mientras leía un libro de historia, en él me encontré con un pequeño comentario acerca de las competiciones olímpicas de arte, sólo alcancé a pensar —¿Qué competiciones?—”. Impulsado por su curiosidad, escribió el primer y único libro publicado sobre el tema…” (2).

Llevamos siglos con una invocación muy bien relatada por John Milton, en El paraíso perdido, cuando pide a las musas algo muy sutil: “Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada”. Como si no existieran otras Musas que nos indicaran una y mil veces el camino de la belleza y del amor sin tener que recurrir al pecado, al fracaso humano, a perder muchas veces en las diversas carreras de la vida sin alcanzar los sueños soñados. Lo explicó de forma espléndida Píndaro de Tebas hace ya veinticinco siglos, hablando de las Olimpiadas en Delfos: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95).

(1) Redalyc.COUBERTIN Y LOS CONCURSOS ARTÍSTICOS EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS MODERNOS

(2) Cuando las olimpiadas daban medallas al arte (horyou.com)

NOTA: la fotocomposición de cabecera representa (izquierda) el cartel original de la Olimpiada de Estocolmo, celebrada en 1912, donde tuvo lugar por primera vez el Pentatlón de las Musas. A la derecha (arriba), figura un cuadro del pintor francés Michel Dorigny, Apolo y las Musas (El Parnaso), pintado en 1640 (ca.) y que figura en la actualidad en los fondos del Szépmûvészeti Múzeum, en Budapest (Hungría). Abajo, a la derecha, figura la escultura El trotón americano, “un caballo de 20 pulgadas de altura, tirando de un pequeño carro”, que fue premiada por primera vez con medalla de oro, en el Pentatlón citado, realizada por el tirador, escritor, escultor y pintor estadounidense Winans Walter para esa ocasión. Se da la feliz coincidencia de que también había conseguido ya su primera medalla de oro en la Olimpiada de Londres, de 1908, en la modalidad de tiro de precisión.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.